Texto grandeTexto normal
Ideas Ir al contenido
29 de Diciembre de 2000

En portada

Crisis bursátiles e inflación del créditoPor José Ignacio del Castillo
Los Reyes felicitanPor José Apezarena
Felices comics, felices fiestasPor David Jiménez Torres
El mejor regaloPor Paul Craig Roberts
Lo último de 2000Por Andrés Arconada
Navidades en tu PCPor Fabián C. Barrio
Poder y adrenalinaPor Agustín Jiménez
El derecho y la economíaPor Walter Williams
Triunfa la risaPor Carlos de Matesanz
Los libros del añoPor Libertad Digital
Protagonista, el cavaPor Carlos Pérez Gimeno
Presidente George W. BushPor José Piñera
80 años de mentiras y crímenesPor Carlos Semprún Maura
¡Ay del Chiquitirrin...!Por Rafael Escalada
La semana de InternetPor Fabián C. Barrio
Cuento de Jules VernePor Libertad Digital
Villancicos (I)Por Libertad Digital
Dos clases de muertosPor Antonio López Campillo
Villancicos (y II)Por Libertad Digital

Suplementos

Buscador

Google
Palabra (s)

SOBRE LA BOLSA

Crisis bursátiles e inflación del crédito

Por José Ignacio del Castillo

El índice de valores tecnológicos de la Bolsa de Nueva York (Nasdaq), que hace no mucho tiempo cotizaba por encima de los 5.000 puntos, cerró el pasado miércoles por debajo de los 2.400. Eso quiere decir que la cesta promedio de valores de lo que se ha dado en llamar “Nueva Economía”, ha caído más de un 50 por ciento, desde los máximos de hace meses. El Nuevo Mercado de Madrid no ha corrido mejor suerte. Algunos valores como Terra Networks se venden hoy por una cuarta parte de su precio de hace poco menos de un año. Mucho menos castigados, pero también sufriendo pérdidas importantes, los valores tradicionales están terminando un particular annus horribilis.
La debacle pues, tiene todas las características de un crack excepto una. A diferencia de lo sucedido en 1929 ó en 1987, la caída se ha producido espaciada durante varias semanas y no en un par de días como sucedió entonces.

Existe un tópico muy extendido según el cual, el crack del 29 tuvo sus causas en la ausencia de intervención gubernamental en la economía. Dicha falacia ha servido como coartada, no sólo para que los gobiernos se hayan asegurado el manejo del 50 por ciento de la renta nacional, sino también para haber desterrado al oro del sistema monetario, sustituyéndolo por la moneda de papel administrada.

Pues bien, pese a vivir en el mundo soñado por Lord Keynes, el conocido comportamiento maníaco-depresivo de los mercados no ha desaparecido. En realidad, el ciclo auge-crisis-recesión no tiene nada que ver con defender la propiedad privada, cumplir los contratos y respetar la libre iniciativa empresarial (los principios del laissez faire). Tampoco se soluciona con sectores públicos omnipresentes. Sus causas hay que buscarlas en los efectos producidos por la inflación del crédito. Alimentados con el nuevo dinero creado por los bancos centrales y exonerados de las exigencias de mantener fondos de maniobras positivos y ratios de liquidez adecuados, es decir libres de la necesidad de casar los vencimientos de activos y pasivos, bancos y casas de corretaje inundan el mercado con crédito abundante carente de respaldo. No es necesario que alguien ahorre. La inflación crediticia nos libra de los rigores de la escasez de capital. Ya es posible iniciar cualquier proyecto. La financiación está garantizada. Si quiere comprar acciones por valor de veinte millones, sólo necesita tener dos. Los otros dieciocho, se crearán “monetizando” la propia inversión.

Desgraciadamente para los inflacionistas, la expansión tiene sus límites. Si el prestamista de última instancia (el banco central), deja de proveer al sistema bancario con cantidades adicionales de dinero fresco, la carrera por la liquidez para poder atender el vencimiento de las deudas y evitar la suspensión de pagos, hace aparecer en el mercado súbitamente, una cantidad apreciable de títulos. Sin embargo, ya no aparecen compradores dispuestos a pagar precios desorbitados. Cuando las cotizaciones comienzan a caer, aumenta el nerviosismo. Los títulos pignorados en garantía, ya no cubren el importe de los créditos concedidos. Exigir su liquidación, supone una completa debacle. Esta situación ya se dio en 1929 y en 1987, si bien en este segundo caso, la Reserva Federal proporcionó crédito sin límite para evitarla. Ocurre, sin embargo, que el continuo aumento de la cantidad de dinero, destruye el valor de la unidad monetaria.

Esa es la disyuntiva con la que se enfrenta Allan Greenspan: dejar de inflar y soportar una recesión deflacionaria o, seguir inflando y acabar con la moneda. Conviene recordar que la cantidad de dólares en circulación ha venido aumentando a un ritmo superior al 10 por ciento durante bastantes años, que la cantidad de dólares en manos de extranjeros es impresionante y que una huida del dólar, repetiría el escenario hiperinflacionista de los años 70. Con todo, se me hace muy difícil creer que los políticos permitan una severa deflación, así que yo apostaría por una bajada de tipos y nuevas dosis de inflación. Ya se sabe: Aprés nous le delouge.
RSS © Copyright Libertad Digital SA. Juan Esplandiu 13, 28007 Madrid.
    Tel: 91 409 4766 - Fax: 91 409 4899