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29 de Octubre de 2000

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DRAGONES Y MAZMORRAS

Crimen y castigo

Por Julia Escobar

Cuando alguien sugiere que está por escribir la infra historia de la industria editorial contemporánea es casi un chiste contestar que ya está escrita: se titula “Crimen y castigo”. El vergonzoso episodio que, supuestamente horrorizados, contemplamos ahora, protagonizado por una de las presentadoras más cursis y refitoleras de la televisión, daría para varios capítulos. Digo “supuestamente” porque la existencia de esa abominable práctica editorial es un secreto a voces.
No me refiero a contratar a escritores para redactar memorias o biografías de personajes más o menos célebres de nuestro tiempo que, o no saben o no quieren escribirlas ellos mismos. Ésta es una práctica habitual, importada de los países anglosajones, que no conculca los derechos de ninguna de las partes contratantes y que se hace a nombre descubierto, con la anuencia de todos. No, a lo que me refiero es a los asuntos sórdidos relacionados con la utilización de “negros” literarios, práctica tan antigua que si se conociera documentalmente (y a veces se conocen) a los protagonistas, habría que reescribir algunos capítulos de la historia de la literatura universal.

Por ejemplo, todos sabemos que Gregorio Martínez Sierra, dramaturgo y traductor de fama durante las primeras décadas de este siglo, no fue el verdadero autor de las obras que firmaba. La autora era su mujer, María de la O Lejárraga, que aunque ahora está muy reivindicada por las feministas, no por ello he visto que se hayan ocupado de que se enmendara el error en ningún repertorio bibliográfico. En Francia pasó algo igual con Colette y su marido Willy, un sinvergüenza que utilizó un sinfín de negros. Pero Colette era mucha mujer y consiguió que se reeditarán los libros que él le fagocitó, esta vez firmados por ella.

Y así podríamos seguir enumerando leyendas y ejemplos, como la del taller de Alejandro Dumas que actuaba en plan maestro del Renacimiento, dando el “toque” final que convertía la fatigosa labor de sus asalariados en fructífera obra de arte. La diferencia con la época actual está en la inferior categoría de los esclavistas y la relación personal y contractual con los negros. Porque está cada vez más claro que el subsahariano literario contratado por Ana Rosa Quintana la odiaba con premeditación y alevosía. La opinión más extendida entre la gente del mundillo es que, en efecto, se trata de una venganza, porque era cuestión de tiempo que un lector avispado cayera en un plagio tan bien aderezado.

Conforme aumenta el nivel cultural de los lectores de la novela, aparecen plagios más sofisticados, como el de Ángeles Mastretta de forma que ahora todo aquel que tenga novela publicada en estos dos últimos años con tema de parejas y de familias (¡caray, es mi caso!) en el fondo está deseando que le haya plagiado la presentadora. Según leo en la prensa Ana Rosa Quintana confió esa delicada tarea a su ex cuñado, el novelista David Rojo sin que mediara contrato alguno de por medio, ni siquiera de “documentalista”, cosa que no se le habría escapado a ninguna editorial. Ahora, abandonada por Planeta, tiene que pechar con las consecuencias ella solita y enfrentarse a una cascada de denuncias.

La más reciente, la de la traductora de Danielle Steel que también va a hacer valer sus derechos. Porque los traductores tienen derechos -su esfuerzo les ha costado conseguirlos- y calculen ustedes lo que tendrá que pagar a María Antonia Menini para devolverla lo que le corresponde de esos 100.000 ejemplares fraudulentos. ¿Y los lectores?, se preguntarán ustedes indignados porque se les haya tomado el pelo hasta ese punto. Pues les diré que con su hiel se lo coman, por ver todas esas porquerías de la televisión y por perder el culo para comprarse cualquier cosa con tal de que esté firmada por el estafermo de turno. Y ahora, perdonen pero tengo que conseguir esa novela a toda costa.
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