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23 de Febrero de 2001

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ECOLOGISMO

Contra el progreso

Por Jesús Gómez Ruiz

Los planteamientos de los enemigos de la libertad y el progreso responden siempre a un mismo esquema a lo largo de todas las épocas. Para ellos, los intentos de los seres humanos por liberarse de las trabas que les impiden llevar una vida más digna y plena, esto es, más alejada de las servidumbres de la condición animal o, si se quiere, más humana, se asemejan a los patéticos forcejeos de quienes se hallan en arenas movedizas: cuanto más se agitan, más deprisa se hunden. Según ellos, a lo más que podemos aspirar es a hundirnos con la mayor lentitud posible; por lo que es necesario renunciar a todo movimiento, esperando con paciencia el inevitable desenlace.
Sin embargo, nada hay más impropio de la condición humana —y por lo tanto más inmoral— que la inacción, entendida como la renuncia a toda actividad para mejorar las condiciones físicas y espirituales de la existencia. Por ello, los enemigos de la libertad y el progreso tienen que recurrir a la estrategia del miedo para paralizar a todos aquellos que se niegan a hundirse lentamente sin hacer nada. En lo espiritual revisten la forma del integrismo religioso; en lo político, el conservadurismo y el nacionalismo; en lo económico, el corporativismo y el colectivismo; y en las ciencias naturales, el ecologismo. Ya bastante desacreditados —al menos de momento— los enemigos del progreso en los campos espiritual, político y económico, han tomado al asalto el baluarte científico, que hasta hace poco era el último refugio del rigor y de la racionalidad humana no contaminado por intereses bastardos.

El esquema es siempre el mismo. Un grupo de "filántropos" llega a un conocimiento arcano, inaccesible para la mayoría de las mentes, del que son sus únicos intérpretes. En virtud de este conocimiento, y para bien de todo individuo, dictan normas de comportamiento a las que todo el mundo debe ajustarse, so pena de arrastrar las terribles consecuencias derivadas de su incumplimiento. Y quien cuestiona la veracidad de ese conocimiento arcano, la eficiencia o racionalidad de esas normas de comportamiento, o lo real de esas supuestamente terribles consecuencias, inmediatamente es castigado, calificado de infiel, de enemigo de la humanidad o de lunático.

De igual modo que los marxistas envenenaron y politizaron la ciencia económica con el polilogismo (la lógica burguesa es distinta de la proletaria), para así lograr sus objetivos, los ecologistas envenenan y politizan las ciencias naturales silenciando los datos que no concuerdan con sus teorías y acusando a los científicos que lo ponen de manifiesto de estar vendidos a oscuros intereses comerciales, causantes de todo mal sobre la Tierra. Sin embargo, quienes siempre están vendidos y entregados a oscuros intereses que, por desgracia, no son comerciales sino megalómanos, son los enemigos de la libertad y el progreso.

La idea de que la actividad humana ha influido significativamente en el calentamiento de la Tierra —ahora ya lo llaman cambio climático, como si fuera un hecho corroborado— es un síntoma de ese proceso de envenenamiento y politización al que los ecologistas han sometido a la Ciencia. Utilizan el miedo al desastre global para justificar políticas de control centralizado de los recursos energéticos mundiales. Naturalmente, sólo ellos estarían capacitados —a través de sus burócratas de la ONU— para conceder permisos de utilización "racional" de la energía. Los ecologistas radicales creen firmemente que si los países desarrollados no detienen su crecimiento económico, acabarán por destruir la Tierra. Aún a pesar de que muchos científicos advierten que las mediciones de temperaturas reales —las de los satélites— no indican nada anormal, los fanáticos ecologistas no quieren ni oír hablar del asunto. Ellos ya tienen su causa.

Naturalmente, la irracionalidad no puede triunfar por largo tiempo si no es aliándose con oscuros intereses que no son precisamente comerciales, sino anticomerciales, esto es, anticompetitivos. Burócratas ansiosos por incrementar los presupuestos a su disposición y por ascender en sus carreras, directivos de grandes empresas prontos a favorecer a los burócratas que regulan su sector para que, a cambio, éstos les libren de la molesta competencia de compañías más pequeñas y más eficientes, y administradores de prestigiosas fundaciones, deseosos de expandir su influencia empleando el dinero que generaciones anteriores legaron para el fomento del progreso y el bienestar, son los aliados naturales de los ecologistas.

Pero la irracionalidad y el fanatismo tienen un precio. La utilización de la ciencia con fines políticos redundará inevitablemente en un descenso del nivel de vida de la mayoría de los habitantes de la Tierra. Para quienes piensan que las economías desarrolladas son las culpables de todos los males del mundo, limitar la actividad industrial para "proteger" la salud pública y el medio ambiente puede tener sentido. Pero las consecuencias reales de tal medida serán exactamente las contrarias. La riqueza trae consigo la salud. Si esto no fuera así, nuestra esperanza de vida sería menor que la que existía antes de la revolución industrial.
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