AL MICROSCOPIO
Contra el cambio climático: abstención
Por Jorge Alcalde
El problema del cambio climático no es, realmente, la cantidad de grados que pueda aumentar o dejar de aumentar la temperatura terrestre, el número de especies animales o vegetales amenazadas, los centímetros de playa que se comerá el supuesto aumento del nivel del mar. El principal problema, al menos desde la perspectiva del público lego en ciencia, es que parece que nadie se pone de acuerdo al emitir juicios. Y, lo que es peor, da la sensación de que los que se emiten son más bien prejuicios basados en anhelos, intereses y posturas ideológicas.
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Si uno está por la lucha verde, se jacta de ser solidario, si ve con malos ojos que los ricos se enriquezcan, si anda liado en luchas antiglobalización y le hace carantoñas al televisor cuando entrevistan al subcomandante Marcos pues, ¡hala!, está obligado a ser de lo más pesimista, a creer que el mar se va a comer la costa valenciana de aquí a un par de lustros, a manifestarse a favor del uso de la bicicleta y a considerar a George Bush poco menos que un genocida por haberse negado a ratificar un acuerdo como el de Kioto (puro papel mojado) en legítima defensa de los intereses económicos de su país.
Si aquel otro cree en la libre circulación de capitales, se alegra de la pobreza intelectual del movimiento ecologista, considera todavía pequeño el presupuesto dedicado a la defensa, es accionista de una empresa eléctrica, sufre porque a Fidel Castro le entre un ataque de longevidad y se alegró del triunfo de los republicanos en Estados Unidos, pues, ¡venga!, a despotricar contra el calentamiento global, a defender que todo es una patraña verde y a expresar a los cuatro vientos que el mundo es como es (caliente o frío) y no lo he inventado yo.
Y a todo esto, la pobre ciencia, siempre observada de perfil, siempre presta a dejarse manipular, ocupa la tercera o cuarta fila en el atrezzo argumental. No está nada demostrado, dice uno obviando los centenares de papers publicados en las más prestigiosas revistas y el peso de los informes del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático. La ciencia nos da la razón, aducen los catastrofistas sin reparar en que la ciencia no da ni quita razones, simplemente nada en la incertidumbre que le da la vida y ofrece tantos argumentos a favor como en contra de la hecatombe.
¿Sería demasiado pedir un poco de calma, un poco de respeto a la virtud principal de avance de la razón: la parsimonia? ¿Seré un iluso si creo que la noticia de la que les voy a hablar sirve para poner un poco de claridad en el asunto de cambio climático? Pues no lo sé, pero voy a intentarlo.
Como quien no quiere la cosa, sin merecer la atención que ha merecido la decisión Bush de desmarcarse de Kioto, sin que (que yo sepa) hayan temblado las paredes de la sede central de Greenpeace ni se haya puesto en conocimiento del lobby energético que reúne a las industrias más contaminantes, la NASA ha publicado el primer capítulo del Registro Biológico desde el Espacio. Es éste un importantísimo proyecto de observación global y continua de nuestro planeta enfocado al motor biológico terrestre, es decir, a la incontable cantidad de plantas que cubren la superficie rocosa y los lechos marinos. El estudio de esta biomasa permite a los científicos obtener tanta información sobre el funcionamiento actual de la naturaleza como vierten los fósiles sobre su funcionamiento pretérito. En palabras de Michael Behrenfeld, el responsable de este proyecto, jamás el ser humano ha sido capaz de ver su propio planeta con la calidad que lo estamos viendo ahora.
El estudio se basa en los tres primeros años de observación diaria de las algas oceánicas y la flora continental desde el SeaWifs, un sensor que viaja desde 1997 a lomos de un satélite espacial. Los datos obtenidos permitirán analizar la duración y el ritmo de las estaciones fértiles en el planeta, la vitalidad de las reservas de alimento para las especies marinas y, eh aquí lo importante, el destino de la cantidad de carbono en la atmósfera terrestre. Para obtener tal cantidad de información, sería necesario que un barco recorriera el mar tomado muestras durante 4.000 años.
Desde hace mucho tiempo, uno de los objetivos de las ciencias planetarias ha sido medir el pulso del ciclo de carbono, el ritmo silente por el cual este elemento fundamental para la vida aparece y desaparece de la atmósfera regulado por el modo en que los seres vivos lo expelen y lo absorben. Utilizando herramientas más bien rudimentarias, los científicos han sido capaces de detectar que los niveles medios de carbono atmosférico han permanecido prácticamente invariables a lo largo de miles de años. Pero desde el aumento de la urbanización global en la segunda mitad del anterior milenio y, sobre todo, desde el advenimiento de la revolución industrial del sigo XIX, la cantidad de carbono en el ambiente no ha dejado de crecer.
Nótese, pues, que no se trata de un efecto producido sólo por la contaminación de las fábricas (pocas fábricas contaminantes había en la Edad Media), sino más bien por la expansión del hábitat ocupado por los seres humanos.
En cualquier caso, este aumento de carbono es inexorable y, para algunos, preocupante porque afecta al clima, a la calidad de los nutrientes marinos, a la supervivencia de los arrecifes de coral y, quizás, a la extensión de los desiertos.
Desde 1958, los científicos han venido registrando datos de los niveles de dióxido de carbono en el ambiente desde una estación situada cerca del volcán Mauna Loa en Hawaii. Sus datos son relevantes. Año tras año se ha producido un avance sostenido de las cantidades recogidas desde las 315,83 ppmv (partes por millón de volumen de aire seco) de 1959 hasta las 386,37 ppmv de 1999.
Objetivamente, la cantidad de gas de efecto invernadero en el ambiente no ha dejado de crecer. El problema surge cuando se tiene que analizar el efecto de este aumento. Es ahí donde radica la almendra de este pasional debate sobre el cambio climático. Porque el dato aislado, de por sí, no dice nada si no tenemos en cuenta otras variables que nos ayudarán a entender cuán afectada será la Tierra por este aumento de contaminación.
Por ejemplo, los mismos registros desde el Mauna Loa han detectado un pulso intraanual de los valores registrados. En un mismo año, se observan picos máximos y mínimos de dióxido de carbono, momentos de aumento y momentos de recesión que tienen que tener que ver con el ritmo estacional de la vida terrestre. Quizás en ese pulso invisible y en su estabilidad se encuentre la clave para conocer los auténticos efectos del cambio climático. Ahora, los datos del SeaWifs nos muestran que ese mismo latido se ve afectado por otros fenómenos como El Niño y La Niña, es decir, que existe un complicado mecanismo de regulación del ciclo del carbono en el que, como en el caso de la maquinaria de un reloj de precisión, cada engranaje es imprescindible.
Los que obvian estos matices, tienden a ser los que más alarmados por las terribles consecuencias del calentamiento del globo. Pero no hay que olvidar que, por mucho que se pueda matizar, el único dato estable que conocemos es el preocupante aumento del dióxido de carbono en nuestro aire respirable.
El propio Behrenfeld, del que no se conoce adscripción a grupo alguno (ecologista o energético), sino que se dedica a la anónima tarea de buscar datos falseables ha declarado que en tres años de observación hemos detectado evidentes cambios en la capacidad clorofílica de las plantas y algas, pero para ser sinceros no podemos distinguir si estos cambios son debidos a la influencia de la contaminación por dióxido de carbono o a la presencia de fenómenos cíclicos interanuales como El Niño o La Niña.
Claro que estas declaraciones venden mucho menos que el nos asamos como pollos de los ecologistas o el aquí no pasa nada de la industria contaminadora. La prudencia no da titulares, aunque, en este caso, recomienda esperar otros tres años a que las observaciones del SeaWifs sean aún más ajustadas. Quizás entonces, éste que les escribe tenga datos para combatir en uno u otro bando. Mientras tanto, será mejor abstenerse.