El destacado profesor triestino, uno de los intelectuales de más peso en nuestros tiempos, ha reunido en este volumen una colección de escritos de largo aliento en los cuales procura analizar la condición humana e histórica de nuestros días. Los grandes escritores ocupan, por cierto, la columna vertebral del libro. Habla de Borges, de Thomas Mann, de Kafka, de Hermann Broch, de Dosoitewski, de Hermann Hesse, de Primo Levi. Pero, como nada es ajeno a su mirada atenta, no se priva de escribir reflexiones sobre temas morales y políticos, y mueve su pluma en torno a diversos aspectos de la realidad más candente.
Más que un “phatos” finalístico, dice Magris, lo que marca el final del año dos mil es la certeza de la que civilización y la humanidad se acercan a cambios profundos. Este es, acaso, el sello de nuestro áspero tiempo. Pero, agrega, “sería injusto olvidar o menospreciar los enormes progresos realizados durante el siglo, que han visto no sólo cómo masas cada vez más amplias de hombres alcanzaban condiciones humanas de vida”.
Para Magris, la derrota de los totalitarismos políticos no excluye la posible victoria de “un totalitarismo blando y coloidal”, aquel que tiende a procurar (como dice Giorgio Negrelli) que el pueblo “crea querer lo que los gobernantes consideran en cada momento más oportuno”. Los totalitarismos no creen más en ideologías fuertes; han cambiado la estrategia, y lo que buscan ahora es llevar adelante “gelatinosas ideologías débiles promovidas por el poder de las comunicaciones”. Por un lado, entonces, abominan de las diversas formas de la defensa histórica, porque ésta es esencial para que el hombre no sea borrado del mundo; y, por el otro, confunden la fachada de la realidad con toda la realidad y, por ello, “tachan de ingenuos o utopistas a quienes piensan que se puede cambiar el mundo”.
En este punto, Claudio Magris señala, con agudeza, que sin duda esos falsos realistas se habrían reído de aquellos que hubiesen dicho que, en 1989, podía caer el Muro. Sí. El milenio perece concluir con el fin del mito de las revoluciones, que había caracterizado gran parte del siglo pasado y éste. Afortunadamente. (Queda, pero Magris no toca el tema, el subcomandante Marcos con su desgano a la cortesía de descubrirse el rostro y a conversar cuando Fox le ofrece la posibilidad de ello. Parecen fueran del tiempo).
El ensayo que presta su título al libro de Magris, da lugar a la esperanza como proyección de reconciliación del hombre libre con la historia y con la naturaleza, en plenitud de sus propias posibilidades. Charley Peguy consideraba la esperanza como la virtud más grande, porque es difícil creer que mañana será mejor que hoy.
Y, en este sentido, recordando una comedia de principios del siglo XIX, de Ferdinan Raimund, Magris evoca una antorcha prodigiosa que pasaba de mano en mano y, quien la tenía entre las suyas, tenía la posibilidad de ver el mundo algo más poéticamente, porque aquella luz ayudaba a mirar la realidad de manera más armoniosa. Pero esa antorcha, nos recuerda Magris, no era tampoco falsa, porque rechazarla pensando que impedía ver los dolores y miserias del mundo, era, asimismo, una clara forma de la ceguera: significaba negarse a la posibilidad de comprender que “la realidad no es tan mísera y roma”.
El vasto libro de Claudio Magris, que recorre obras y autores con perspicacia, es una promesa de potencialidades, una apuesta a la luz y una condena a aquellos a quienes Elías Canetti llamaba sencillamente los emisarios de la nada.
Claudio Magris,
Utopía y desencanto: hisotrias, esperanzas e ilusiones de la modernidad, Editorial Anagrama, 2001, 361 páginas
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