El seguimiento de los visitantes se lleva a cabo mediante la aplicación de “web bugs” que son una especie de herramientas que permiten seguir la actividad de los visitantes, las rutas que han utilizado para llegar hasta un determinado sitio web y los saltos que van dando a través de las distintas páginas visitadas. Se trata de algo similar a un analizador estadístico de visitas, pero mucho más preciso.
Una ONG radicada en Denver,
The Privacy Foundation se encuentra desarrollando un programa que permite a los usuarios saber cuándo los están vigilando y qué información obtienen de ellos. Pero la pregunta es: con el poco tiempo de que disponemos para navegar por Internet, ¿encima vamos a tener que hacer frente a la paranoia de ir vigilando-a-quienes-nos-vigilan?
En realidad, estos dispositivos de vigilancia son utilizados por una gran cantidad de compañías privadas y cumplen dos funciones básicas: por una parte, el poder obtener información acerca de los hábitos de los visitantes (horarios en los que acceden a Internet, temas de interés, etcétera) y por la otra, la generación de bases de datos que o bien son utilizados por las empresas para sus planes de marketing, o bien se venden directamente a otras empresas (el negocio de las bases de datos es uno de los más prósperos en Internet). Si usted no lo hace habitualmente, eche un vistazo ahora mismo a la carpeta “Archivos temporales de Internet” de su ordenador y se quedará pasmado ante la cantidad de “cookies” o pequeños archivos que le han ido colocando en su máquina los webmasters de los sitios web que usted ha ido visitando últimamente (si quiere desactivarlos, puede seleccionarlos y eliminarlos y también puede usar la opción “herramientas” de su navegador para restringir la permanencia de esos archivos en su PC).
Resulta difícil creer que la privacidad absoluta vaya a conseguirse algún día. Más aún, lo más razonable consiste en quitarse esa idea de la cabeza de una vez y hacer frente a la situación. Además, en muchos casos, nos interesa tener esas cookies en el ordenador, como por ejemplo, cuando acostumbramos a comprar libros en una librería virtual o si tenemos la costumbre de hacer la compra de la alimentación en un supermercado de Internet: el programa nos mostrará nuestra última compra, o bien una “lista de la compra estándar” que podremos realizar tan solo pulsando un botón o bien modificarla con la eliminación o incorporación de algún producto en concreto. Aunque los más puristas siguen diciendo que la compra hay que hacerla en la tienda de la esquina, mucho me temo que eso no resulta posible para la gran cantidad de personas que trabajan mucho más allá de los horarios oficiales (otra de las insólitas “ventajas” del entorno de las Nuevas Tecnologías).
Pero, ¿es que hemos tenido realmente privacidad en alguna ocasión? Resulta asombrosa nuestra capacidad para asumir como cosa natural la desnudez frente a los poderes públicos (baste pensar en Hacienda o en la obligatoriedad del carné de identidad). Internet, desde luego, no es todavía un poder público, pero lo que ahora es la Red, y sobre todo, lo que en buena lógica llegará a ser, tendrá razonablemente mucho más poder que cualquier autoridad local. Antes sabían cuánto ganábamos o dejábamos de ganar, e incluso, en los peores momentos de ausencia de libertad, de qué hablábamos o dejábamos de hablar. Ahora el asunto es más exagerado: conocen nuestros historiales médicos y nuestra marca preferida de betún para los zapatos, y esto ya resulta ligeramente insoportable.
Pero lo más probable es que las siguiente generaciones ni siquiera pensarán en este tipo de cosas. En cualquier caso, mientras no lleguemos a una situación en que tengamos que, por ejemplo, los miembros de los tribunales sean sustituidos por robots, la cosa se mantendrá dentro de niveles soportables. Pero cuando eso suceda y mostremos nuestra repugnancia ante tales usos, nos llamarán
anticuados.
De todas formas, no tengo ninguna marca preferida de betún para los zapatos, lo que significa que, por el momento, soy parcialmente libre.