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27 de Abril de 2001

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EN TORNO AL LIBERALISMO

Charlatanes sin principios

Por Francisco Capella

Una teoría científica se expresa mediante un sistema formal, una estructura consistente de proposiciones relacionadas mediante inferencias lógicas. Una teoría bien construida incluye necesariamente una serie de conceptos primitivos, principios fundamentales y axiomas (hipotéticos o apodícticos) a partir de los cuales se deducen diversas consecuencias o teoremas. Un pensador riguroso establece con claridad el significado de los términos que utiliza y sus asociaciones.
En el mundo de los pseudointelectuales abundan los charlatanes que jamás han podido construir o asimilar un sistema conceptual integrado y coherente. Son a menudo gentes de letras con nula o escasa formación lógica y matemática, incapaces de distinguir una teoría correcta de un cúmulo deslavazado de falacias más o menos sofisticadas. Estos especialistas en verborrea llaman dogmáticos e intolerantes a quienes piensan de forma lógica y argumentativa, mediante definiciones y demostraciones. Detestan la lógica y el razonamiento porque desmontan sus fraudes, los derrotan, los dejan en evidencia y muestran la falta de fundamentación o coherencia de sus afirmaciones.

¿Tanto les cuesta a algunos mojarse un poco y definir, aclarar de qué están hablando, precisar lo que quieren decir, razonar, declarar explícitamente sus fundamentos, ser coherentes y extraer conclusiones lógicas? La respuesta es que sí, que el precio a pagar es en ciertos casos demasiado alto. Cuando una persona fundamenta y explica lo que quiere decir, se abre a la crítica y al análisis.

Los principios son contrarios a la arbitrariedad. La falta de honestidad intelectual permite divagar, engatusar, decir lo que conviene en un momento dado, lo que el jefe manda, lo que adula al poderoso, lo que hace popular, lo que la plebe quiere oír, lo que no ofende. El demagogo conecta un falso cliché detrás de otro y encima parece profundo y preocupado por el bien común.

El historiador Javier Tusell se burla en un reciente artículo de los liberales que critican al gobierno en abstracto "sea quien sea y cómo lo desempeñe", le culpan "de todos los males imaginables" y proponen "siempre el mínimo de intervención estatal". Esto "podría ser tan sólo una anécdota si la opción no ocultara tras de sí un pensamiento"; "lo peligroso es que los conceptos fundamentales alimentados en la reflexión abstracta más aparentemente alejada de cualquier circunstancia política concreta pueden tener unas consecuencias graves"; "una actitud demasiado abstracta puede resultar muy peligrosa".

¿O sea que lo que es peligroso y maligno es tener principios abstractos fundamentales, o tal vez importa algo si estos son correctos o incorrectos? Tusell, como tantos otros, no se molesta en estudiar los principios de los liberales anarquistas (en el sentido de contrarios a la coacción estatal) más radicales como Murray Rothbard, Hans Hermann Hoppe, Jesús Huerta de Soto y un servidor. Simplemente señala, con razón, que nuestro pensamiento tiene graves consecuencias éticas, que es como un ácido revolucionario que destruye todo el absurdo montaje de la organización política de la sociedad. No le interesa saber si es verdad o no, sólo le asusta el radicalismo de los cambios que implica.

Si se puede demostrar que un problema es causado por la coacción estatal, es obvio que la solución pasa por la eliminación de ésta. Los liberales consecuentes ya hemos demostrado, a partir de fundamentos praxeológicos y éticos, que el Estado es una institución nociva e innecesaria, y que la inmensa mayoría de la población vive engañada respecto a su naturaleza. Estamos acostumbrados a que no se nos haga caso, a que se nos acuse de utópicos, pero esperamos ansiosos un debate intelectual.

Como es típico en un demagogo, Tusell utiliza la táctica de tergiversar lo que se critica: resulta ridículo afirmar que el anarcoliberalismo es una solución "omnicomprensiva y omniresolutoria", cuando en realidad es un sistema abierto que señala firmemente unos principios mínimos inviolables (respeto de la propiedad privada y los contratos) pero permite múltiples opciones más allá de estos. De hecho el anarcoliberalismo es mucho más flexible y tolerante que la llamada "sociedad abierta".

Pero Tusell, de nuevo igual que muchos otros, prefiere el liberalismo relativista y tímido, el que no es capaz de fundamentarse y se basa sólo en el escepticismo o la conservación de lo tradicional, y así no es tan ofensivo para las mentalidades colectivistas. Parece que como no puede saberse nada con certeza, hay que someter a competencia las ideas a ver cuáles vencen. ¿Tal vez con guerras mundiales, con campos de concentración, con genocidios, con comunismo y socialismo a gran escala, a ver si funcionan? Resulta curioso comprobar cómo los ignorantes pretenden ensayar cosas que es posible saber teóricamente que son dañinas; eso sí, no quieren hacerlo solos, siempre pretenden obligar a todos a participar como víctimas de sus insensatos "experimentos". Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot, los talibanes, sólo son "ensayos fallidos"; y más tímidamente hacen lo mismo todos los políticos actuales. La competencia legítima entre organizaciones sociales es fácilmente articulable en un marco anarcocapitalista, que reconoce la complejidad humana, y es prácticamente imposible en una socialdemocracia estatal.

Tusell ya delira cuando pretende que "los valores verdaderamente trascendentales del liberalismo han triunfado hasta tal punto que ni siquiera se discuten: los derechos de la persona, la propiedad privada o la economía de mercado, la igualdad ante la ley". Los derechos de la persona no son en absoluto los de la Declaración de los Derechos Humanos, hoy tan de moda; la propiedad privada se viola sistemáticamente por todos los Estados (es su naturaleza esencial); la economía de mercado no existe en ninguna parte; ¿y dónde está la igualdad ante la ley con todas las inmunidades, exenciones y privilegios de los cuales disfrutan los políticos?
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