EXPOSICIONES
Cataluña se expone
Por Pablo Jimenez
Con el título de “Cataluña hoy”, el Centro Cultural Conde Duque se ha convertido en una especie de pabellón ferial dentro de una gran campaña de la Generalitat para dar a conocer a los inadvertidos madrileños de los logros económicos, políticos, sociales y culturales que en dicha comunidad autónoma se han producido durante los últimos años. Obviando la programación musical e incluso los destacados esfuerzos gastronómicos en pos de una identidad nacional, habremos de centrarnos en la doble exposición que con dicho motivo se ha presentado.
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Así, en la llamada galería del 98, se pueden ver dos exposiciones realizadas con una parte de los fondos del Museo Nacional de Arte de Cataluña. Por un lado tenemos una selección de arte románico catalán, de la que el mencionado museo tiene seguramente una de las mejores colecciones, al menos de nuestro contexto cultural, y otra más difícil de justificar conceptualmente, que es el recorrido por tres escultores del siglo XX.
De este modo, se mostraría el principio y el final cronológicos de las colecciones de dicho museo, al tiempo que se pretende ofrecer el espejismo de una pretendida continuidad cultural catalana que sería a la vez muy antigua y muy moderna. El planteamiento tiene algo de irritante para un público como el madrileño que no parece acostumbrado a estas demostraciones de crisis de identidad y estas necesidades de recurrir a pequeñas y astutas argucias para sugerir increíbles historias.
Ello no tiene mayor inconveniente que el que la visión de una exposición excepcional como ésta, por la calidad de muchas de las piezas, se vea dificultada por el empeño de los organizadores de convertirla en una especie de cruzada en pos de una pretendida unidad en la metahistoria que poco importa no sólo al espectador no catalán sino a los propios artistas que realizaron las obras que aquí se muestran. Sin embargo sí se echa en falta una parte importante de los verdaderos tesoros del Museo y de la cultura catalana como tal: sus magníficos fondos del modernismo y del noucentismo, ese movimiento en el que primaba la necesidad precisamente de definir qué era o qué debía de ser el arte moderno catalán.
Así, liberados los organizadores de este evento de la molesta y costosa necesidad de argumentar la continuidad entre estas dos exposiciones, parece que se han podido concentrar en la selección de auténticas joyas, al menos en cuanto al arte románico se refiere. Se trata de 25 piezas agrupadas según su técnica o soporte. Primero hay un riquísimo conjunto de pinturas sobre madera (piezas que normalmente por los enormes riesgos para su conservación nunca abandonan sus museos de origen). Se trata de piezas restauradas intentando rescatar, en toda su potencia, los colores originarios de gran viveza ya que su propósito era, lógicamente, el de impresionar a los fieles de las pequeñas iglesias. En este grupo hay que mencionar un frontal de altar que procede de una iglesia del Rosellón francés.
Como representativos de la deslumbrante colección de murales del MNAC trasladados al lienzo, la exposición presenta algunas piezas realmente importantes e impactantes en su monumentalidad. Otros conjuntos lo conforman las piezas de orfebrería y esmaltes y los capiteles en piedra y, para terminar, las tallas de madera. El conjunto es realmente de primerísima importancia y da la medida de la riqueza de los fondos que atesora el Museo, así como de la importancia de este románico que supo hacerse internacional, seguramente el primer movimiento artístico europeo, salvando las distancias de los localismos de esos valles del Pirineo.
La segunda exposición, bastante más dudosa conceptualmente al tiempo que más irritante. Se trata de reunir al escultor aragonés Pablo Gargallo con Julio González y Leandre Cristòfol. La unión de los dos primeros es realmente ajustada ya que fueron precisamente ellos, junto con Picasso, los que crearon lo que podemos considerar como principios de la escultura contemporánea por su uso directo del hierro y en general del metal forjado y soldado. Por mucho que en este aspecto siempre se haya tendido a disminuir la importancia de Gargallo frente a un Julio González siempre más aceptado por la crítica y la historiografía, seguramente debido a su carácter menos decorativista y más bronco frente al aragonés siempre más amable y más deudor de la tradición del modernismo.
Desgraciadamente la comparación no puede hacerse aquí con todo el rigor debido a que si bien las obras de Gargallo son originales y permiten recorrido especialmente interesante por su trayectoria con piezas de primera importancia como su “Gran bailarina”, por ejemplo, en el caso de González nos encontramos con que la mayoría de sus obras no son originales sino piezas fundidas en bronce tras la muerte del artista y por voluntad de su hija, con lo cual dan mal la medida de unas piezas concebidas y precisamente importantes por estar realizadas en hierro directamente trabajado. Así, por mucho que estas réplicas den idea del trabajo de González, no se encuentran precisamente entre lo más feliz de las riquísimas y excepcionales colecciones de escultura del MNAC.
Por su parte Leandre Cristòfol es un escultor mucho menos importante y de una generación posterior; muy interesante por su poética surrealista auque se diferencia de los anteriores en no haberse incorporado a las corrientes internacionales y quedar como un epígono de interés local.

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