EXPOSICIONES
Carmen Laffón
Por Pablo Jimenez
La pintora Carmen Laffón (Sevilla, 1943) acaba de inaugurar una importante retrospectiva de su obra en el Museo Casa de la Moneda de Madrid, que, con el título de “Figuras en torno a una medalla”, plantea un recorrido a través de 34 obras (pinturas, dibujos y esculturas), por su particular manera de entender la pintura y el realismo.
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La exposición se debe a que la pintora obtuvo el año pasado el premio Tomás Francisco Prieto que lleva aparejado la realización de una medalla y la organización de una exposición.
En España la polémica entre abstractos y realistas, por lo demás común al resto de Europa, se vivió de forma especialmente violenta, tanto que en un momento dado Alvarez de Sotomayor publicó en un diario una carta abierta al presidente del colegio de psiquiatras para que determinara, de una vez por todas, quiénes eran los locos: los abstractos o los realistas. Hicieron falta, pues, algunos años para que algunos de aquellos pintores que habían optado por una figuración en apariencia o formalmente más clásica fueran aceptados en los círculos marcados por el afán de incorporación a una determinada sensibilidad vanguardista.
El nombre de Antonio López y el de sus amigos y compañeros de Madrid es el primero que permite que en los ambientes culturales más inquietos se pueda contemplar una figuración sin grandes prejuicios. De este modo se habló de un realismo madrileño, pero no pasó mucho tiempo antes de que se hiciera sentir que, de una forma u otra, el sur también existe. Que en Andalucía y concretamente en Sevilla también se había conseguido despojar a la tradición realista de todos los tópicos y las formas manidas, ofreciendo una nueva manera de entender la manera.
Lo que Antonio López significó para la pintura madrileña Carmen Laffón lo hizo para la andaluza y, entre los dos, consiguieron dignificar unos usos y unos recursos formales que parecían haber quedado descartados para siempre. Los dos tuvieron que recorrer al principio caminos muy próximos a lo literario, con bodegones que parecían denunciar a grandes voces misteriosas ausencias humanas o personajes enigmáticamente vueltos de espaldas. También tuvo que encontrar el mismo recurso la pintura simbolista para escapar ella de la asfixia de los grandes cuadros de historia o de la superficialidad de los pintores colistas del paisaje. Pero pronto quedaron marcados dos mundos también distintos y casi opuestos.
Carmen Laffón fue recreando el mundo que le era más próximo estableciendo una especie de crónica de una intimidad entrevista. Bodegones con una carta, mesas camilla, canastas con ropa blanca o máquinas de coser, así como algunos personajes enigmáticos retratados en estancias de gran intensidad ambiental y sorprendidos en una cotidianidad tan sencilla como cargada de misterio.
Los niños son otro de los grandes temas, sobre todo en los años 70, y plantean una especie de melancolía o de ensoñación, con ese mismo sentimiento de lo casual, de lo que es al mismo tiempo banal y mágico, misterioso y rutinario. Al lado de los niños, o de su ausencia, como el magnífico cuadro de la terraza de Madrid, Carmen Laffón seguirá insistiendo en la década de los 70 en sus serie de bodegones pero mostrando, cada vez más, una despreocupación por el dibujo de los contornos y ganando en una mayor ligereza a la hora de sugerir transparencias y matices de color. Parece que todo se ha ido haciendo más mágico, menos literal, que es más la representación de un sentimiento, de una sensación que el relato pormenorizado de la fisionomía de una repisa con su cuenco de flores, su tarro, su botella, etc. Es como la crónica intensa de un encuentro, casual o provocado, de objetos que abre una puerta hacia lo espiritual o lo maravilloso, hacia una intensidad en la que creemos reconocer sentimientos e intensidades.
A esta paulatina sensación no escapan ni siquiera los paisajes que sin abandonar aquello que los hace reconocibles y, en definitiva, les dan sentido como tales, se irán abriendo igualmente hacia ese trasfondo mágico tal vez excesivamente humano para poderlo percibir nítidamente en la realidad pero que consigue que el espectador se haga especialmente sensible a calles, tejados y a las duras aristas de casas y edificios. El paisaje queda como atravesado por un sentimiento intenso y persistente, mágico y con algo de inaprensible, como un olor penetrante que impregnara todo el lienzo.
Esa capacidad para poner en juego todos los entresijos que abren la puerta del misterio parece haber sido tema importante de reflexión para la propia pintora que lo explora de manera casi sistemática en su larga serie de los armarios. Una serie en la que la realidad ha quedado reducida a su aspecto más elemental, en la que lo literario no aparecer en ninguna de las maneras y en la que la sencillez de las formas y lo severo del color parecen conducir directamente hacia una cierta abstracción.
En ese extraño e inquietante límite que marca la frontera entre lo real y lo imaginado, entre el sueño y lo razonable es donde sitúa la pintura de Carmen Laffón, su universo intimista que no sólo sabe hablarnos de las cosas de nuestro entorno, sino que, además, consiguió que sintiéramos el color, cada color, como si fueran otros tantos objetos que convivieran con nosotros.