Las fuerzas conservadorasCalvo Sotelo, gallego de clase media, seguidor en sus orígenes de Antonio Maura y de sus reformas que, en principio, habrían erradicado el caciquismo y democratizado la Restauración, había hecho desde muy joven una brillante carrera política. Con la dictadura de Primo había sido ministro de Hacienda, por lo cual la república intentó procesarle, y hubo de exiliarse en Francia. Elegido diputado por Orense en 1931 y 1933, no pudo ejercer hasta que la amnistía de marzo de 1934 le permitió el retorno. Tanto por esa experiencia como por convicción doctrinal, detestaba la república y el parlamentarismo, y deliberadamente utilizó las Cortes para realizar una crítica demoledora contra ellas y el régimen. Rechazaba el obrerismo y creía que cualquier mejora para las clases populares sólo podía venir de la gestión de los expertos y no de la acción sindical. Su oratoria poco remilgada pero clara, contundente y agresiva, su pericia política y económica, y su fuerte personalidad, pronto lo convirtieron en el espolón de proa del monarquismo alfonsino. Después de la insurrección de Asturias dirigió el Bloque Nacional, como vimos en el capítulo II, desde el que fustigaba sin tregua a Gil-Robles, y a su línea "posibilista" o "accidentalista".
Para destruir la república, Calvo trataba de aunar fuerzas con el tradicionalismo y la Falange, y expresaba simpatía hacia los regímenes fascistas, por su capacidad para derrotar a la revolución. Por estas razones y por su labor bajo la dictadura, debiera haberse entendido bien con José Antonio, con quien compartía un talante combativo y arriscado. Pero no fue así. El hijo del dictador lo repelió siempre. Incluso cuando, ya encarcelado, fue Calvo a visitarle le volvió la espalda. Aversión extraña en quien había elogiado a Prieto e incluso a Azaña. Pero el falangista veía al político monárquico como un "madrugador", arrivista reaccionario ávido de usar a la Falange como carne de cañón. Al abrirse 1935, a ambos les quedaba poco tiempo de vida. Calvo, menos afortunado que Gil-Robles, caería asesinado en julio de 1936, y José Antonio fusilado en octubre (1).
Daba el tono de los tiempos la progresiva relegación de conservadores tradicionales, como Cambó, Alcalá-Zamora o Lerroux representantes de épocas más pacíficas y ordenadas. Lerroux moderado después de un pasado un tanto energuménico, amortiguaba la hostilidad entre izquierdas y derechas, pero su influencia tenía los días contados en 1935. Alcalá-Zamora, republicano de última hora, aunque poderoso como presidente de la república, había fracasado ya en su empeño por dirigir una amplia corriente conservadora. Cambó, casi una ruina política al empezar la república, logró recobrarse en 1933, pero su éxito duraría poco.
Calvo Sotelo, José Antonio y Gil-Robles, sobre todo, al final, los dos primeros, personalizaban la época, y también a una nueva generación. En 1935, Cambó tenía 60 años, Alcalá-Zamora 58, y Lerroux 71, mientras que José Antonio alcanzaba los 32, Gil-Robles 37, y Calvo no pasaba de 42.
Es difícil describir el espíritu reinante en los medios conservadores. La banalidad, ruindad y arrogancia de la gente adinerada llena la literatura de todos los países, y poca calumnia hay en ello; en España se ha destacado su mediocridad, nulidad cultural, flojera como empresarios, afición al parasitismo y al privilegio. Pío Baroja cita esta jactancia, cargada de tipismo: "El socialismo no podrá hacer que un obrero tenga a su mujer vestida con un traje de Worth, a su mesa ostras de Arcachon y una botella de champagne de la viuda Clicquot". La bobada revela más por deberse a Juan Valera, hombre de inteligencia y sensibilidad excepcionales, y permite suponer la actitud de los del montón. Cambó critica amargamente: "Si yo hubiera gastado mucho dinero en el juego, en joyas, en exhibiciones de lujo, el buen burgués barcelonés lo hubiera encontrado razonable porque eran los gastos suntuarios que él comprendía y sentía. Pero que yo, que seguía viviendo confortablemente pero sencillamente, invirtiera grandes sumas en la compra de obras de arte, lo encontraban tan absurdo que sólo a base de haberme vuelto loco o de tener una fortuna descomunal lo podían explicar. Sé que en el Consejo del Banco Vitalicio, cuando yo aseguraba un cuadro o una colección de jades, o de terciopelos, o de bronces, por una suma que me habría permitido comprar una buena casa en el Ensanche, ¡lo estimaban locura o provocación! Y al saber que todo estaba destinado a los Museos de Barcelona y que era para todo el mundo, lo encontraban inexplicable… indignante"* Descripción aplicable, incluso ennegrecida, al resto del país (2).
*Y abunda en el tema: "Dado el espíritu mezquino y envidioso que tanto abunda en nuestra tierra, yo no tengo ninguna duda de que el hecho de ser generoso en el dispendio, de invertir dinero en cosas de interés general, inclinación casi sin precedentes entre nuestros conciudadanos, contribuyó fuertemente a crearme enemigos. Políticamente, estoy convencido de que el haber tenido dinero y, sobre todo, haberlo gastado generosamente, patrióticamente, no me fue perdonado por muchísimas personas de alta y mediana posición social. En mí, en definitiva, no se envidiaba y odiaba el que fuera rico, sino que supiera ser rico por todos aquellos que no sabían serlo" (3)
Descripción veraz, pero unilateral. Si España había prosperado de modo sostenido en los anteriores 60 años, buena parte del mérito correspondía a la iniciativa de sus elementos pudientes, con todas sus deficiencias y miserias. Asimismo, se ha dicho que el pueblo español soportaba injusticias y penurias sin parangón en Europa, achacándose el clima de revuelta al ciego egoísmo de los plutócratas. También hay aquí exageración. La mayoría de los países europeos sufrían seguramente tanta o mayor pobreza y desigualdad social, sin tensiones equiparables.
Por otra parte la multitud de los conservadores no pertenecía a las capas adineradas sino a las intermedias, incluyendo a bastantes obreros. Gentes de vida sobria cuando no francamente dura, de arduo esfuerzo mal retribuido, lo que no les impedía defender una concepción tradicional de la familia, la propiedad, la religión o la unidad de España, y desconfiar de las soluciones revolucionarias. Curiosamente su ideal mayoritario, "pequeñoburgués", coincidía con el expresado por algunos socialistas: ingresos suficientes para una vida sin aspiraciones de lujo, pero digna; un hogar ordenado y alegre, oportunidades de promoción personal.
Bastantes historiadores siguen pensando que las izquierdas, en especial las obreristas, representan a los trabajadores o al "pueblo", mientras que los conservadores defienden los intereses de la "oligarquía"*.
*El marxismo ha influido tan intensamente que muchas de sus categorías y tópicos siguen en vigor hasta entre estudiosos no marxistas, que hablan de "partidos obreros" o "burgueses".
Ello impide explicar el apoyo popular a los conservadores. Ciertamente la propaganda y los esfuerzos organizativos de la derecha y el centro se dirigían de preferencia hacia las clases medias y de pequeños propietarios del campo, y las izquierdas obreristas centraban los suyos en el proletariado industrial y rural. Pero, por lo común, la mayoría de los obreros prefería reformas concretas y no la destrucción del sistema —a la que, sin embargo, podían verse arrastrados por una dinámica de violencias—. Y a la inversa, los más resueltos debeladores del capitalismo procedían a menudo de las capas medias o altas.
En la derecha había variadas actitudes, desde el entusiasmo ante la perspectiva de construir una "nueva España" técnicamente modernizada, "imperial", capaz de recuperar un papel de primer orden en el mundo, hasta un gris escepticismo que se contentaba con un modesto ir tirando, ni heroico ni brillante, pero tangible; sin olvidar a quienes sólo pensaban en su cartera. Pero un sentimiento común era el miedo a la revolución. Ésta provocaba espanto por dos razones: por su propio objetivo de destruir la sociedad y el mundo de ideas, creencias y valores con los que se identificaban y en los que encontraban sentido y acomodo millones de personas; y por la violencia y el terror entrañados en ese designio. La revolución implicaba la guerra civil, no por una desviación o un defecto práctico, sino de manera necesaria, pues no cabía esperar que la
burguesía —y en este concepto entraban cuantos disintiesen de los revolucionarios, fueran capitalistas u obreros— cediese el campo, persuadida por simples prédicas. Marx, Bakunin o Lenin lo habían expresado con descarnada franqueza. Si bien la propaganda cotidiana, con menos sinceridad y para irritado desconcierto de los conservadores, insistía en que la única violencia procedía de la
reacción, la cual obstruía "la marcha de la historia" y bloqueaba cerrilmente las aspiraciones naturales, lógicas y aun moderadas de "los trabajadores"*.
*El escritor fascista francés Drieu la Rochelle, observó: "Los nazis son los cínicos, porque admiten abiertamente su tiranía, su violencia, y los comunistas son los hipócritas, porque niegan descaradamente la suya" (4).
Según hemos visto, las izquierdas estimulaban el miedo al fascismo como un pretexto para justificar su propia acción subversiva. De modo similar, numerosos historiadores y políticos han querido ver en el temor a la revolución un espantajo derechista para manejar a las masas e imponer una involución política; pero los hechos no abonan tal interpretación.
Los conservadores tenían muy presentes los sucesos de Rusia y los que presagiaban algo semejante en España. Ya la república había intentado imponerse por la fuerza, y aunque luego había nacido pacíficamente —gracias al abandono del poder por la monarquía—, la violencia había vuelto enseguida con un rosario de incendios, agresiones y disturbios, casi todos ellos procedentes de las izquierdas o de la represión del gobierno izquierdista. En las elecciones de noviembre del 33, de seis a ocho derechistas habían sido asesinados, y los ácratas habían respondido a la victoria electoral del centro derecha con una cruenta insurrección, mientras la Esquerra catalana se ponía "en pie de guerra" y las amenazas de golpe de estado se sucedían *.
* Ver sobre estos asuntos Los orígenes de la guerra civil española.
Largo Caballero lo había expresado con crudeza: "la revolución exige cosas que repugnan, pero que la historia justifica luego". Las juventudes socialistas advertían: "Muchas sentencias habrá que firmar (…) Los jóvenes socialistas, con entusiasmo, estarán dispuestos a darles cumplimiento". La Esquerra anunciaba: "Es la hora de ser implacables". Se habían vuelto habituales los desfiles de milicias izquierdistas, así como la prédica del odio como virtud revolucionaria, "un poso de odio imposible de borrar sin una violencia ejemplar y decidida, sin una operación quirúrgica" (5).
La guerra civil tomó cuerpo con el alzamiento de octubre del 34, con sus dosis de "terror plebeyo". Pero si el golpe de octubre conmocionó a los conservadores, debió de parecerles espeluznante, diabólica por así decir, la increíble tenacidad de sus enemigos, que apenas vencidos y pese a su momentánea impotencia, se revolvían en plan ofensivo, incansables y sin asomo de conciliación. El socialista Amaro del Rosal señala con justeza ese pavor ante "la imposibilidad de contener el proceso revolucionario" (6). La propaganda izquierdista abundaba en ufanas referencias al pánico de sus contrarios, y no debe verse en ello una manifestación de vanidad pueril, sino la convicción de que la
burguesía, pese a su reciente victoria, estaba condenada, de lo cual constituía su angustia un satisfactorio indicio.
Azaña reconocerá la situación cuando observe, ya tarde, cómo las espadas se habían afilado en la piedra del miedo. Pero el diagnóstico vale sólo para la derecha. La izquierda exhibía hacia sus contrarios desprecio y amenaza. El mismo Azaña, poco antes de reanudarse la guerra, ¡encontrará muy divertido el temor de las derechas, como expresa en sus cartas a Rivas Cherif! Esa actitud triunfalista no excluía, naturalmente, una ansiedad circunstancial ante un posible golpe militar que se adelantase a la revolución.
De ahí que muchos conservadores, viéndose en peligro, especulasen a su vez con una violencia despiadada, al estilo de la desplegada en Finlandia por Mannerheim, o en Alemania por los socialdemócratas contra los comunistas, después de la Gran Guerra. Postura expuesta, después de octubre, en la apelación en el Parlamento a una represión inspirada en la feroz de Thiers contra los
communards de París. La exasperada idea contrariaba, al revés de lo que a veces se dice, la tradición conservadora española*.
*El régimen de la Restauración había sido poco represivo en el pronunciamiento republicano de Villacampa, o en su respuesta a los magnicidios de Cánovas, Canalejas o Dato, a matanzas como la de la calle Mayor de Madrid, etc. El castigo por la Semana Trágica, en 1909, había sido duro, pero no desproporcionado a los hechos ni a los tiempos. Los condenados por la huelga revolucionaria de 1917 pronto fueron amnistiados y admitidos en el Parlamento. Las excepciones, como los "tormentos de Montjuich", respondían a unos atentados brutales, frente a los cuales no existía experiencia ni una policía experta. La falta de una adecuada ley antiterrorista —la que Maura presentó en 1907 fue boicoteada por toda la oposición—, dejó al régimen sin instrumento útil para afrontar el terror, favoreciendo con ello métodos como la "ley de fugas". También había sido cualquier cosa menos sanguinaria la dictadura de Primo de Rivera. La subversión antimonárquica de 1930-31 apenas había sido reprimida, y las dos ejecuciones tras el pronunciamiento militar republicano de diciembre de 1930, no pueden considerarse tampoco actos arbitrarios o crueles —si acaso impolíticos—. En cambio, en el bienio izquierdista de la república la represión se acentuó a extremos desconocidos durante la Restauración o la dictadura, y aplicando leyes tan arbitrarias como la de "Defensa de la República".
Tampoco iba a imponerse ahora el método Thiers, como pudieron constatar los jefes revolucionarios. Pero su simple conjuro era todo un síntoma.
NOTAS1.-
E. Vegas Latapie,
Memorias políticas, Barcelona, Planeta, 1983, p. 296-7
2.-
P. Baroja,
Desde la última vuelta del camino, IV, Madrid, Caro Raggio, 1983, p. 9.
F. Cambó,
Memorias, p. 309
3.-
F. Cambó,
Memorias, p. 312
4.- En revista
Diwan, nº 7 , p. 76
5.- En
P. Moa,
Los orígenes de la guerra civil, 2ª parte, caps. 2, 3 y 4
6.-
A. del Rosal, 1934… p. 299