Tres tendencias en el Partido Socialista
El PSOE, organizador de la insurrección de octubre junto con la Esquerra, había
acordado negar su responsabilidad en caso de derrota, con el fin de cubrirse de
la represión aprovechando la legalidad democrática. El ardid le estaba dando resultado,
aunque políticamente fuera comprometido, tanto por negar una evidencia como por
contradecir su versión de que en España se había instalado el fascismo. Pero la
campaña sobre la represión en Asturias, al centrar la agitación y la atención
del país, iba a librar al partido de los efectos políticos de tales incoherencias,
así como a aliviar los de la derrota.
Le libraría, si bien no por completo, dada la magnitud del desastre sufrido. Así
se alzó en el PSOE una marejada interna que pudo haber llevado a revisar la línea
bolchevique. Besteiro había condenado la dictadura
proletaria, negado
el supuesto fascismo de la CEDA, advertido contra el menosprecio a las fuerzas
derechistas y vaticinado el viento de sangre que había de traer la intentona.
Los hechos parecían refrendarle concluyente y dolorosamente. Por tanto, su posición
debiera haberse robustecido, e indicios de ello fueron la recuperación por los
besteiristas del potente Sindicato Ferroviario, y la publicación de la revista
reformista y moderada
Democracia, salida tras la suspensión del diario
El socialista. El diario
El sol elogiaba a Besteiro, el hombre de
la nueva etapa, y Lerroux le saludó como al campeón del "verdadero socialismo"
(1), indispensable para la continuidad de la república.
Pero pronto se evaporaron esas esperanzas. Los
bolcheviques repelieron
rudamente cualquier avenencia. Anécdota significativa, contada por Del Rosal:
el besteirista Andrés Saborit, visitando a los detenidos, tiende la mano a Largo
Caballero, pero éste "se la rechaza con un gesto brutal, negándole la palabra
(…) Saborit, abochornado, cabizbajo, se retira y desaparece entre el desconcierto
de los visitantes" (2). Araquistáin vapuleó el reformismo, desde las páginas de
Leviatán, tildándolo de obra de "mentecatos" y "deficientes mentales",
puro "derechismo". Besteiro se defendió con timidez desde
Democracia. Estaba
frenado sentimentalmente y cogido en las redes de la campaña por la amnistía,
a la que, aun sin entusiasmo, hubo de apoyar. Cayó bajo un fuego cruzado de injurias
y acusaciones de colaborar con la
reacción, de actuar como siervo de "los
que autorizaron las matanzas de Asturias", y hasta de haber saboteado el movimiento
y causado su derrota. Clamaba un folleto de las Juventudes: "Después de ahogada
la revolución, los reformistas pretenden caer sobre las organizaciones sindicales
como grajos sobre un cadáver. Todos los medios son lícitos. Los militantes están
encarcelados (…) Tienen, pues, el camino libre para sus repugnantes acciones.
La burguesía les aplaude y les ayuda" (3). Tales dicterios causaban estragos,
dada la exaltada emocionalidad creada por la campaña contra la represión. Arropados
en ella, los
leninistas zurraron a conciencia a los moderados. Denuncias
tan ilustrativas como el "Anticaballero" de Mario de Coca -aparecido a principios
de 1936-, se diluiría entre la hostilidad o la indiferencia de los militantes.
Y, ciertamente, cabía extraer dos lecciones opuestas del desastre de octubre:
que el camino emprendido era insensato, como proclamaba Besteiro, o, al contrario,
que sólo había ocurrido un revés momentáneo en una lucha necesaria e inevitable
en tiempo de crisis de la burguesía. Esta última posición ganaría la partida.
Como ya vimos, la fuerza principal de la derecha -la CEDA- se había mostrado legalista
y moderada, pero la subsistencia de la paz no dependía sólo de ella. El descalabro
reformista en el seno del PSOE, principal partido de la izquierda, tuvo por ello
un efecto definitivo, pues truncó la rectificación que hubiese ahuyentado el peligro
revolucionario y permitido reorientar el destino de la república.
Pero no sólo desgarró al PSOE la contienda en torno al reformismo. Mientras éste
zozobraba en el mar de la impotencia, estallaba otra discordia, mucho más encarnizada,
entre Prieto y Largo. Como se recordará, en los meses anteriores a la insurrección
ambos habían unido sus fuerzas para descabalgar de la UGT a Besteiro, obstructor
de los planes revolucionarios. Sin embargo, Prieto, aunque arrastrado por la línea
sovietista de Largo, nunca la había compartido en su fuero interno, por lo que
el fracaso de octubre hizo aflorar las discrepancias hasta entonces encubiertas,
y la lucha resultante iba a llevar al partido a una virtual escisión.
La posición
bolchevique o
leninista quedó recogida en el folleto
Octubre, segunda etapa, escrito en presidio por los líderes juveniles Hernández
Zancajo y Carrillo. Los dos mantenían incólume su confianza en que "las fuerzas
organizadas de la clase trabajadora, frente al poder del Estado, eran infinitamente
superiores. Las clases patronales carecían de organización. La reacción, por su
constitución heterogénea, carecía de unidad de lucha". ¿Por qué, entonces, habían
perdido los revolucionarios? Por la insuficiente unidad obrerista, debida a las
reticencias de la CNT y el PCE, por la traición de los reformistas, y por la inconsecuencia
de la minoría parlamentaria del PSOE; sin olvidar a los
centristas, como
denominaban a los seguidores de Prieto, los cuales habían ido al movimiento "con
sus miras y dándole una interpretación propia", subordinando los intereses
proletarios
a los de la
pequeña burguesía republicana (en referencia a la amistad política
de Prieto con Azaña). (4)
Por tales razones, "la preparación insurreccional no puede ser abandonada, sino,
por el contrario, intensificada". La UGT debía someterse con "disciplina férrea
y subordinación absoluta" a la dirección del PSOE. Para empezar, había que depurar
de contrarrevolucionarios el partido, a fin de bolchevizarlo a fondo. El motor
de la purga serían las Juventudes. Centristas y reformistas quedaban prevenidos:
"En su día seremos implacables juzgando a los que tienen una gran responsabilidad
en que del movimiento de octubre no saliera la victoria proletaria" (5).
Prieto acusó el fustazo de
Octubre, y replicó en cinco artículos de gran
eco, en su periódico
El liberal, de Bilbao, del 22 al 26 de mayo del 35.
Los insultos de "traidor" con que
Octubre le obsequiaba le habían hecho
"sangrar", se dolía, por venir de camaradas; pero esquivaba con maña el debate
doctrinal y recurría al sentimentalismo reinante en torno a los presos: "Ante
todo y por encima de todo me interesa la amnistía". "No me perdonaría nunca, política
ni personalmente, el que por no haber agotado todos los recursos a nuestro alcance
para obtener la amnistía la hubiésemos diferido o imposibilitado". Tales recursos
se concretaban en "un extensísimo frente electoral que, comprendiendo a todos
los sectores obreros que en él quieran entrar, abarque también a elementos republicanos".
Nadie sabía cuándo habría elecciones, pero él trataba de desviar hacia ellas la
disputa.
El escurridizo centrista se valió de González Peña, "a quien no creo se ponga
en entredicho por tibieza revolucionaria", para desechar la bolchevización y oponerle
las tradiciones "creadas por aquel hombre indiscutible y adorado por nosotros
que se llamaba Pablo Iglesias". Él mismo se presentaba como exaltado: "en orden
a las aspiraciones de justicia social del proletariado no pongo límite alguno
a mi pensamiento, y no repudio procedimientos extremos para lograrlas"; pero soslayaba
cautelosamente el análisis de los sucesos revolucionarios. Ensalzó la labor de
la minoría socialista en las Cortes, tachando de antiparlamentarios a quienes
la reprobaban, y de paso minó el terreno a Largo Caballero, acusando a sus seguidores
de cultivar "la flor exótica del caudillismo". En el PSOE, aseguró con escasa
veracidad, "no hubo, ni hay ni habrá jefe". En la práctica había dos.
El folleto
Octubre se convirtió en piedra de toque de ambas posiciones.
Prieto tachó a los jóvenes de inexpertos y excedidos en sus funciones, procurando
aislarlos de los militantes adultos; Largo, a su vez, censuró a quienes descalificaban
a las juventudes o pretendían acallarlas. De hecho dio rango semioficial al escrito
de Hernández y Carrillo al elogiarlo como "plausible, acertado", y al aprobar
la bolchevización propuesta y criticar el "anquilosamiento" de la II Internacional.
(6)
A aquellas alturas Prieto, como González Peña y otros, repudiaba la insurrección,
pero tenía buen cuidado en disimularlo. Sólo años más tarde, exiliado en México,
revelaría su pensamiento: "Cuando el movimiento fracasó (…) me juré en secreto
no ayudar jamás a nada que, según mi criterio, constituya una vesania o una insensatez".
(7) Hubiera podido, entonces, hacer causa común con los moderados, pero los dejó
en la estacada, al igual que en el otoño de 1933. Bajo la común condena a la revolución,
abierta en Besteiro, secreta en Prieto, bullían desavenencias básicas. Besteiro
concebía la república como una democracia normal, con alternancia en el poder,
mientras que Prieto compartía la intolerancia de Azaña para con un gobierno de
derechas. No hubo en el líder centrista asomo de autocrítica por la revuelta,
ni de mano tendida hacia el centro derecha que, al fin y al cabo, habían salvado
la legalidad. De labios afuera glorificó el golpe y contribuyó como el primero
a las vehementes exageraciones sobre la represión. Hasta intentó promover, con
vistas a una nueva unidad de la izquierda, el programa antidemocrático que él
mismo había pergeñado para la revolución en 1934*; aunque terminaría abandonándolo,
por presión de Azaña.
* En
Los orígenes de la guerra civil española, p. 239 y ss
Si Prieto dejó hundirse a Besteiro, desplegó contra Largo una extraordinaria destreza
de maniobra y pocos escrúpulos. Comprendiendo la popularidad de su antagonista,
trabajó denodadamente por socavarla. Para denigrarlo como irresponsable y falto
de valor, aireó su dimisión de la ejecutiva pocos días antes del golpe, causada,
como hemos visto en
Los orígenes de la guerra, por una intriga del mismo
Prieto. A poco de la revuelta corría por prisiones y organismos del partido la
carta de unos jóvenes asturianos presos, con frases añadidas que, sin nombrarle,
mortificaban al
Lenin español por su "anemia mental" y su "pueril" manía
de "la revolución permanente". El injuriado protestaba con amargura: "Envenenan
las conciencias de manera falaz y cobarde, por medio de misivas a los presidios".
(8) Quedó bastante clara la mano del líder
centrista detrás de los mensajes*.
* Si bien Prieto protestará en carta a Negrín, el 26-VI-35, calificando de "tejido
de falsedades" la imputación de haber él divulgado y añadido frases a la carta
de los jóvenes. Tal acusación, lamenta, es "una infamia, una más de las que en
esta temporada vienen formando en torno a mí un rosario que me indigna, me asquea
y me fatiga". Dice haber sabido que la carta se había reproducido a ciclostil
en Bilbao y Pamplona, y que había mediado para borrar los conceptos ofensivos.
Largo, con buenas razones, no creía una palabra de Prieto (9).
Aparentemente Prieto tenía las mejores bazas, pues estaba en libertad, y desde
Francia y Bélgica, donde se había exiliado, disfrutaba de fáciles relaciones con
el interior, mientras que la plana mayor de sus adversarios seguía entre rejas.
Además, disponía de buena parte de las cuantiosas sumas procedentes de los asaltos
a bancos durante la revolución de Asturias. Sin embargo sus ventajas valían menos
de lo aparente. Como señala Amaro del Rosal, él mismo encarcelado y uno de los
líderes de la intentona, "la cárcel de Madrid, aunque parezca paradójico, fue
el centro de dirección política y de organización más importante de la España
democrática" (no debe olvidarse que para Del Rosal democracia equivalía a sovietismo).
El 17 de noviembre de 1934, al mes de concluida la insurrección, se reconstruía
en presidio la dirección de la UGT y de sectores del PSOE: "De la cárcel salían
diariamente la correspondencia, las circulares, las orientaciones de la dirección
(…) A la cárcel venía diariamente la correspondencia y los problemas" de las organizaciones.
"En la cárcel se desarrolló el proyecto de editar el semanario
Claridad",
que pasaría a convertirse en órgano del sector revolucionario. "Desde la cárcel
se orientaron los trabajos de solidaridad y de creación del Comité de Ayuda, que
tan importante papel jugó durante el
Bienio Negro; los sindicatos soviéticos
aportaron a la suscripción un millón de francos. Álvarez del Vayo fue el agente
de la Solidaridad internacional". La comodidad con que actuaron desde su encierro
fue tal que allí guardaron el dinero sobrante del "Fondo especial", creado para
sufragar la revolución, así como otras gruesas sumas que sirvieron, entre otras
cosas, para costear
Claridad. En las visitas a los presos circulaban fondos
de hasta 50.000 pesetas (equivalentes a más de 10 millones actuales). (10)
Tal actividad no hubiera sido posible sin la lenidad de diversas autoridades.
En concreto, "la comprensión, sentimientos democráticos y liberales del Director
de la prisión, señor Elorza (…) permitió que, a partir de mediados de noviembre,
en la quinta galería de políticos funcionaran las direcciones nacionales de la
UGT, del Partido Socialista y de la Federación Nacional de las Juventudes Socialistas,
así como las secretarías de algunas federaciones nacionales de la UGT", con sus
reuniones, conferencias, correspondencia y manejo del dinero. El director de la
cárcel sería fusilado en Burgos por los nacionales, tras reanudarse la guerra
en 1936. (11)
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NOTAS
1.-
El sol, 25 de octubre de 1934
2.-A. Del Rosal,
1934. El movimiento revolucionario de octubre. Madrid,
Akal, 1983, p. 301
3.-
Octubre, segunda etapa Madrid, 1935, p. 60. En S. Juliá,
La izquierda
del PSOE, 1935-6. Madrid, Siglo XXI, p. 63
4.-
Octubre... p. 102 y ss., 124, 75
5.-
Ibid. P. 105, 112 y ss, 61 y ss.
6.- F. Largo Caballero,
Escritos de la República, Madrid, Pablo Iglesias,
1985, p. 202
7.- I. Prieto,
Discursos fundamentales, Madrid, Turner, 1975, p. 298
8.- F. Largo,
Escritos..., p. 168 y ss
9.- Archivo Guerra Civil, Salamanca,
Bilbao, 35/5
10.- A. Del Rosal,
1934... p. 299, 255 y ss.
11.- Ibid. P. 301.