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1 de Diciembre de 2000

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LOS ORíGENES DE LA GUERRA CIVIL ESPAñOLA

Capítulo VI: La realidad de la represión (II)

Por Pío Moa

Libertad Digital sigue publicando esta semana, en exclusiva, el libro "Los orígenes de la guerra civil", tomo II : "El derrumbe de la República y del Frente Popular", de Pío Moa. El autor analiza los crímenes cometidos durante la represión tras la insurrección de octubre de 1934. En esta ocasión ofrecemos la segunda de las tres partes en las que se divide este capítulo sexto.
Los crímenes como arma arrojadiza

Tanto en Asturias como en Cataluña, Palencia y otros lugares fueron los rebeldes, sin duda, quienes iniciaron las atrocidades, de acuerdo con las instrucciones para la insurrección*. Aspiraron a imponer su propia legalidad, y lo consiguieron en numerosos pueblos, por unos días o unas horas, tiempo suficiente para aplicar una dosis de "terror plebeyo", como lo llamaba Marx y que horrorizaba a Besteiro. En Cataluña cometieron tres asesinatos, en Vasconia otros tres, y cinco más en varias provincias. En Asturias, donde el poder revolucionario duró dos semanas, las víctimas fueron al menos 43 guardias civiles y de asalto, 34 religiosos y seminaristas, varios vecinos y un estudiante "fascistas", técnicos de la industria, un magistrado del Supremo, etc. El total asciende a un mínimo de 85 y un máximo de 115. (1)

* Ver Los orígenes de la guerra civil, p 265 y ss, y apéndice

Los guardias sacrificados habrían aumentado en un centenar, de no haberlos salvado González Peña, si hemos de creer su testimonio. Los grupos más representados entre las víctimas fueron los guardias prisioneros y el clero, que también sufrió bajas en Cataluña y Palencia.

Alguna prensa de derechas difundió relatos macabros de sacerdotes quemados vivos y otros semejantes que demostraron ser patrañas, aunque en general las informaciones sobre los asesinatos eran correctas. El sol, el 27 de octubre, decía: "Los episodios revolucionarios en Asturias han sido, en general, terribles (...) Pero de esto al plus de sadismo que (...) quieren dar por cierto los incondicionales de la antirrepública, media una enorme distancia. No es lícito (...) el juego a que se vienen entregando (...) los periódicos monárquicos". El debate criticaba, a su vez, el día 28: " Algunos periódicos de izquierda (...) se resistieron primero a informar (...) Ahora todo su empeño consiste en desvirtuar lo ocurrido, en restarle importancia (...) Se apoyan para ello en que algunas versiones circuladas al principio por Madrid eran falsas; pero ¿es que las comprobadas después con tiempo y medios no son bastante horrorosas?".

La derecha empleó exageraciones sobre los crímenes como un arma arrojadiza. G. Brenan, entre otros lo ha subrayado: "La impresión producida en toda España por este alzamiento fue, naturalmente tremenda. Uno de los efectos que menos podían esperarse fue la atroz campaña emprendida ferozmente por todos los periódicos de derechas. Las más increíbles leyendas fueron contadas solemnemente (...) Contaban que las monjas del convento del Colegio de las Adoratrices, de Oviedo, habían sido violadas; que habían sacado los ojos a veinte hijos de policías de Trubia; que curas, frailes y niños habían sido quemados vivos y que el cura de Langreo había sido asesinado y colgado de un gancho con la siguiente inscripción puesta sobre el cadáver: "Se vende carne de cerdo". A pesar de que la más escrupulosa investigación por periodistas independientes y por diputados radicales, miembros del partido entonces en el poder, no reveló la menor huella de estos horrores y de que las fuertes sumas recaudadas para los veinte niños ciegos debieron ser destinadas a otros menesteres (...), estas y otras leyendas continuaron siendo repetidas por la prensa de derechas durante muchos meses. Aun siendo indulgentes ante la facilidad con que las clases altas españolas se sintieron dominadas por el pánico y ante el hecho de que el relato de las atrocidades tenía una fuerte componente pornográfica, lo menos que podemos pensar es que había una deliberada intención (...) deseaban producir una atmósfera de terrible venganza". (2)




La revisión de la prensa de entonces muestra que al propio Brenan podría achacársele bastante de ese desprecio por la verdad que él atribuye a "todos los periódicos de derecha". El principal de éstos, El debate, informó con bastante objetividad, aunque dejó pasar algunas probables falsedades, cosa inevitable con ocasión de conflictos bélicos, como puede verse en la prensa de todo el mundo, incluida, desde luego, la británica. Así, el 23 de octubre dicho diario citaba nominalmente a dos mujeres, una de las cuales afirmaba que haber visto cómo un sacerdote era quemado vivo, o cómo los rebeldes habían rematado a 35 camaradas suyos heridos, para que no cayeran vivos en manos de las tropas. Otra testigo decía haber visto en Sama cadáveres de guardias civiles con los ojos vaciados y un sacerdote abierto en canal con el letrero famoso. El diario expuso estos relatos sin darles mayor relieve y dentro de una información en general veraz. Al día siguiente, 24, el monárquico ABC, que no había publicado lo anterior, alertaba contra noticias "tendenciosas y falsas que circulan con frecuencia, debidas, más que a una intención definida, a la imaginación exaltada" de personas que presenciaron hechos u oyeron hablar de ellos. "Algunas informaciones publicadas son falsas y (...) no son menester nuevos horrores que añadir a los muchos de que tenemos conocimiento". Algunas de estas noticias, que no pudieron comprobarse, salieron también en la prensa de izquierda. Así, La libertad hablaba esos mismos días de un clérigo a quien "le rociaron con gasolina y le prendieron fuego", de un ingeniero "a quien los revolucionarios cortaron la cabeza y arrastraron el cadáver, o de que al párroco de Sama "lo mataron, le descuartizaron y los restos los pusieron en venta en un escaparate".

La denuncia estruendosa de algunas falsedades que, más o menos intencionadamente, difundieron algunos periódicos, sirvió como cortina de humo sobre el conjunto de los hechos y sobre quiénes los habían organizado. Brenan que, como hemos visto, mantendrá sus propias desvirtuaciones no ya meses, sino años, afirma que "las verdaderas atrocidades de los mineros asturianos se redujeron al fusilamiento, a sangre fría, de una veintena de personas, todas del sexo masculino", incluidas un cura y seis maestros de las Escuelas Cristianas. Y explica: "Los mineros reaccionaban así a la tentativa de implantar allí un nuevo sindicato según el modelo de los sindicatos católicos austríacos", dando al crimen una explicación complaciente. Añade: "algunas iglesias fueron quemadas", una de ellas "con gran ceremonia". "En Portugalete (los anarquistas) se divirtieron de lo lindo quemando el museo de la Inquisición". Lo que ardió en Portugalete fue un palacio con una valiosísima biblioteca y gran cantidad de obras de arte. Salta a la vista que Brenan no sabe muy bien de qué habla, y que muestra una credulidad extraordinaria hacia la propaganda revolucionaria. (3)

Hubo, sin duda grandes exageraciones de la derecha, sobre todo en los primeros momentos, pero, con todo, no pueden equipararse con las de la izquierda. La mayor parte de la derecha renunció a las falsedades, una vez se comprobaron, y El debate, por ejemplo, expuso en sus reportajes rasgos simpáticos de los rebeldes, como su idealismo o su rechazo mayoritario del robo, su conducta humanitaria en ocasiones, facilitando auxilios a guardias heridos. También reiteró cómo la población civil había sido, en general, respetada por los rebeldes, así como las monjas y las mujeres, y alertó contra las noticias exageradas (4).

Nada de eso se percibe en la campaña de la izquierda, que adoptó una actitud maciza, sin resquicio para la rectificación, no digamos a la simpatía. De hecho, hoy conservan algunos el mismo tono.

Un rasgo peculiar de la revuelta fue la caza de sacerdotes, fruto de la propaganda anticatólica difundida por los partidos de la izquierda. La tradición anticlerical se remonta al siglo pasado, y ha dado lugar a algunas degollinas, para culminar, en 1936-39, en una de las persecuciones más mortíferas jamás sufridas por la Iglesia. Cabe señalar que actitudes semejantes, aunque atenuadas, persisten hasta hoy. El historiador Bernardo Díaz Nosty , por ejemplo, habla de la matanza de clérigos en Asturias como "un buen punto de partida para analizar el resentimiento del proletariado astur contra el aparato eclesial y, a la vez, base para una profunda reflexión sobre el papel de la Iglesia en el desarrollo de las relaciones sociales" (5).

En román paladino, los asesinos no serían unos cuantos exaltados, sino nada menos que "el proletariado astur"; y las víctimas serían las culpables, por no obrar siguiendo el criterio de los socialistas (y de Díaz Nosty), ganándose así el "resentimiento", se supone que justificado, del "proletariado".

Entre los republicanos, la actitud antirreligiosa estaba muy extendida. Portela Valladares, masón de alto rango, narra en sus memorias esta anécdota no imposible, aunque difícil de comprobar: "En un Consejo, el siempre almibarado Fernando de los Ríos dijo incidentalmente que un futuro ministro técnico "era un veterinario capaz de poner unas herraduras de plata a un santo Cristo" "¡Qué blasfemia tan magnífica!", gritó uno de los consejeros, apretándose los ijares, y entre blasfemias cada vez más resonantes y espantosas (...) hubo de suspenderse el Consejo". (6)

Los dirigentes del primer bienio, apenas instaurada la II República, permitieron y en cierta medida alentaron, la destrucción de más de un centenar de conventos, escuelas y bibliotecas, hecho que ganó al régimen un profundo e innecesario descrédito entre buena parte de la población.

La causa de esas actitudes es a la vez fácil y difícil de hallar. Fácil, porque todas las izquierdas veían en la Iglesia un bastión reaccionario o de las clases explotadoras, y una tradición detestable. Sin embargo, aun desde ese punto de vista, el exterminio de seminaristas, frailes o párrocos, en su mayoría bastante pobres y a menudo dedicados a obras asistenciales, carecía de valor militar o revolucionario. Como no lo tenía la quema de templos, arte religioso y libros. Se trataba de un odio visceral, telúrico, diríamos, producto de una muy larga e intensa propaganda ideológica, y racionalizada con afirmaciones difíciles de creer, como la de que los frailes y los curas disparaban "contra el pueblo" desde las iglesias. Cosa que recuerda bulos del siglo pasado, sembrados probablemente por agentes políticos para empujar a las capas lumpen de la población a matar clérigos, como el que acusaba a éstos de emponzoñar las fuentes.

Los asesinatos en ambos bandos, si bien pocos en comparación con otros sucesos revolucionarios o bélicos de la época, impresionan como índice del nivel alcanzado por los odios, nivel que en adelante no haría sino subir, hasta tomar el carácter de furia asesina en 1936.




Vencida la revuelta, el comandante Lisardo Doval, de la Guardia Civil, recibió la misión de capturar a los fugados y descubrir las armas escondidas. Doval, más eficaz que escrupuloso, según Madariaga, (7) debió de emplear la tortura, aunque ciertamente sin el carácter indiscriminado (los "miles de obreros martirizados") que le achacaron, como indica el hecho de que durante el Frente Popular no se presentaron, aparentemente, reclamaciones por lesiones y daños que forzosamente habrían resultado. Pero justo a raíz de su mayor éxito, la captura de González Peña, Doval fue retirado de Asturias, a petición de Gil-Robles y otros, lo cual suena a admisión, nuevamente de que las acusaciones tendrían algún fundamento.




Clave de la represión fue el castigo de los líderes. Ninguno de ellos alegó torturas o las denunció en otros, lo mismo Companys y sus consejeros que González Peña, Teodomiro Menéndez o Pérez Farrás. El entonces líder juvenil Santiago Carrillo sufrió un interrogatorio que "casi me pareció versallesco", mientras que Amaro del Rosal mencionaría coacciones y amenazas (8). Varios de los jefes máximos, como el mismo Vidarte, ni siquiera fueron detenidos, pudiendo moverse con gran libertad.

Prieto, huido en París, protestó por "indefensión" al habérsele declarado en rebeldía. Su estancia en el extranjero, aclaraba en carta al juez, obedecía a una dolencia no especificada, certificada por un médico que le recetaba sosiego y abstención de viajes. Otro de sus papeles prueba, sin embargo, que había viajado, si bien no a España, porque "los seiscientos metros de altitud de Madrid le serían fatales". Prieto se había responsabilizado del alzamiento de octubre en unas declaraciones a la agencia francesa Havas, así que, para desvanecer el efecto de ellas, envió al fiscal un sibilino desmentido, y lo hizo publicar en su diario El liberal, de Bilbao y en otros, aunque no en los de Francia: "Como algunos periódicos españoles han reproducido extractos defectuosos e inexactos de mis declaraciones hechas en París, me interesa hacer constar que ciertos conceptos de los que en esos extractos se me atribuyen no responden fielmente ni a mis palabras ni a mi pensamiento". Jiménez de Asúa, aspirante a su defensa, condenó las "declaraciones que le han atribuido y que con jactancia impropia de la serenidad reconocida por todos en nuestro mandante, se pretende que se ha hecho responsable del movimiento revolucionario". El juez militar, sin duda poco comprensivo, mantuvo la calificación de rebeldía para Prieto (9).

En cuanto a los dirigentes de la Esquerra, su caso resultó aun más notable, como veremos.

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Notas

1.- En A. D. Martín Rubio, Paz, piedad, perdón ... y verdad, Madrid, Fénix, 1997, p. 10-12. E. Barco, El golpe socialista, Madrid, Dyrsa, 1984, p. 269 y ss. R y J. Salas, Historia general de la Guerra de España, Madrid, Rialp, 1986, p.19

2.- G. Brenan, El laberinto español, p. 307-8

3.- Ibíd. P. 308

4.- El debate, 13-24 de octubre de 1934

5.- B. Díaz Nosty, La Comuna asturiana, Madrid, Zero, 1975, p. 339

6.- M. Portela Valladares, Memorias. Dentro del drama español, Madrid, Alianza, 1988, p. 84

7.- S. de Madariaga, España, Madrid, Espasa Calpe, 1979, p. 364

8.- S. Carrillo, Memorias, Barcelona, Planeta, 1993, p. 111. A. del Rosal, 1934. El movimiento revolucionario de octubre, Madrid, Akal, 1983, 276 y ss

9.- Archivo de Salamanca, Guerra Civil, carp. 1048, hoja 71. Archivo Histórico Nacional, Madrid, Procesos reservados, n° 38

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