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DESCENSO EN LA PRODUCCIóN

¿Capacidad ociosa o amortización insuficiente?

Por José Ignacio del Castillo

La producción industrial ha vuelto a caer por séptimo mes consecutivo en los EEUU, de acuerdo con las cifras hechas públicas esta semana. Además, según otro dato, el nivel de capacidad utilizada se situó en el 77% del total instalado. Hubo un tiempo, cuando el espejismo socialista todavía tenía engañada a mucha gente, en el que el índice de “capacidad ociosa” solía ser presentado como prueba de la “baja productividad” y del “despilfarro” del mercado. Frente a tal despilfarro capitalista, numerosos autores alababan las enormes posibilidades de la planificación y del dirigismo estatal de la economía. Así, Thorstein Veblen abogaba por una economía gobernada por tecnócratas que aprovechasen al máximo las capacidades técnicas disponibles. George Orwell sostenía que la escasez no era más que el producto de una combinación de codicia y necedad empresarial. La dirección científica de la economía traería la abundancia para todos.
Aunque dichos sueños han producido los amargos despertares de Bulgaria, Cuba o Etiopía, la cuestión de la mal llamada capacidad ociosa sigue despertando graves confusiones. La mayor de todas es considerar que inflando las disponibilidades monetarias, la economía volverá a alcanzar el “pleno empleo de los recursos”. Inseparablemente ligado a dicho error yace el supuesto erróneo de confundir actividad con producción. En tanto que la actividad consiste exclusivamente en la transformación física de factores, la producción implica sobre todo, la satisfacción de los deseos más urgentes de los consumidores, de acuerdo con sus preferencias reveladas en el incuestionable hecho de comprar o dejar de hacerlo. La supuesta capacidad ociosa refleja pues, la capacidad del mercado de no seguir desperdiciando recursos en líneas de producción que por el momento no son las prioritarias. En lenguaje empresarial se trata de no tirar buen dinero tras el malo.

Queda sin embargo por aclarar una cuestión. ¿Por qué aparece súbita y periódicamente en la economía este volumen de capacidad ociosa inusualmente elevado? ¿Por qué falla a veces el flexible y cadencioso proceso de liberación, desviación y empleo de recursos? En definitiva, ¿por qué es recurrente el ciclo económico? Aunque la respuesta evidentemente no cabe en este artículo, sí podemos apuntar un hecho que suele olvidarse al tratar la cuestión. Me estoy refiriendo a la mutua interrelación entre la vida útil estimada de los proyectos y por tanto la capacidad disponible en un momento determinado, las dotaciones de amortización de las inversiones y el resultado empresarial.

Es evidente que, una característica del periodo de auge es que durante el mismo, los beneficio empresariales aumentan muy apreciablemente en prácticamente todas las empresas y más especialmente en las que producen o explotan los bienes que tienen un periodo de maduración o amortización mayor, como son la siderurgia, la construcción, la fabricación y explotación de maquinaria, las dedicadas al la investigación y desarrollo de nuevas tecnologías, etc. También es evidente —y empíricamente demostrable—, que al desencadenarse la crisis, los beneficios se convierten en pérdidas, fundamentalmente debido a la cancelación de pedidos.

Ahora bien, el beneficio empresarial de la explotación se calcula restando de las ventas totales todos los costes incurridos. Puesto que de éstos, una parte muy importante lo constituyen, especialmente en las industrias con mucho volumen de activo fijo, las dotaciones para amortización del inmovilizado, la forma en que dicha amortización es calculada resulta ser clave en dicha determinación del resultado. Supóngase que, al dotar las amortizaciones, las empresas siguen un programa mucho más acelerado, previendo también la obsolescencia por demanda del equipo capital. En tal caso, no habría beneficios desproporcionados en la fase de auge (serían mayores los costes) y tampoco grandes pérdidas en la fase de depresión (el activo fijo ya estará amortizado). Los término capacidad ociosa, sobrecapacidad o superproducción quedarían así vacíos de contenido, una vez se tiene constancia exacta de la vida útil de la inversión. Así, los “superbeneficios” no serías más que amortizaciones indebidamente dejadas de dotar. Igualmente, este cálculo más exacto del resultado habría desaconsejado ampliaciones de planta o nuevos pedidos de equipo capital que posteriormente se revelan poco rentables.

Curiosamente y frente a las erróneas lecturas keynesianas resulta ser la falta y no el exceso de amortizaciones lo que acaba resultando en capacidad ociosa, descapitalización por reparto y quiebra. Bien haríamos en recordar todos que el desgaste real que se produce es precisamente aquél que no produce capacidad ociosa al final y no el que “físicamente” pueda parecer. De no hacerlo, habremos de seguir padeciendo estos periodos recurrentes de liquidaciones masivas y dolorosos ajustes.
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