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2 de Febrero de 2001

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VELOCIDAD DE LA RED

Caos, negocios y pájaros

Por José Hermida

A medida que los contenidos de Internet interaccionan entre sí, se generan escenarios naturales de libertad. No siempre será así. Imaginemos un programador que se asocia con un técnico de ventas para desarrollar en Internet un pequeño negocio de distribución de consumibles de oficina. Como sus recursos son escasos, se tienen que asociar a su vez con una pequeña empresa local de mensajería para distribuir sus productos entre los nuevos clientes.
Al cabo de un cierto tiempo, las cosas les van lo suficientemente bien como para llamar la atención de un website de e-procurement de mediano tamaño, el cual les propone incluir los servicios que prestan entre todos dentro de su portal, cuyo portafolio de productos y servicios tiene unas cien empresas. Tarde o temprano, los tres socios temporales del principio empezarán a interactuar con el resto de empresas que figuran en el portafolio del portal, y a partir de ahí empezarán a suceder cosas: acuerdos con intermediarios financieros presentes en el website para la financiación de los productos, acuerdos con consultores de comercio exterior para la exportación de los productos, acuerdos con gestores de seguros para la garantía de los pagos, etc.

Del mismo modo, y suponiendo que todo funcione correctamente (o sea, que el mercado responda de forma positiva) el portal empezará a recibir ofertas de adquisición por parte de otros portales de mayor tamaño que le hará una propuesta económica irresistible. Es sumamente probable que el comprador exija que el portafolio inicial sea depurado para adaptar los servicios al concepto estratégico del portal que absorbe la estructura. Otra posibilidad es que el portal grande considere al chico como una amenaza y desarrolle estrategias agresivas que busquen la liquidación de ese rival peligroso. También podrían producirse otros escenarios de alianzas en cascada, de indiferencia (cada portal sigue por su cuenta) o de fracaso, entre otras situaciones posibles.

Lo importante en todas las proyecciones de negocio sugeridas más arriba, es que la mayoría de los actores que intervienen en los procesos no planifican integralmente desde el principio lo que va a suceder, sino que es el mercado el que desbroza los caminos a seguir. Es importante anotar que cuanto más activos y eficientes sean los actores, tantas más interacciones se producirán entre ellos y el mercado.

Por atrevido que pueda parecer, lo cierto es que todos los escenarios anteriores pueden ser previstos matemáticamente si se encuentra el modelo de comportamiento que rige a los distintos actores con relación a los demás. En www.red3d.com/cwr/boids puede verse una inteligente reproducción de una bandada de pájaros que vuelan teniendo que hacer frente a una serie de obstáculos. Este ingenioso software fue desarrollado en 1980 por Craig Reynolds, quien para desarrollar su modelo, creó un “código genético” virtual que determina las actitudes de vuelo de cada uno de los “pájaros” (pequeños triángulos) que vuelan en el espacio virtual. Reynolds, quien posee un Oscar de Hollywood por sus desarrollos de efectos especiales digitales, demostró que la compleja conducta emergente de individuos en plena interacción, obedece a tres reglas sencillas:

1. Evitar el choque con el resto de los individuos.
2. Mantener la misma velocidad que los otros.
3. En caso de que la bandada deba atravesar un obstáculo, reagruparse bajo el criterio de tomar la dirección que apunte al centro de gravedad de la bandada más próxima.

Este mecanismo es absolutamente natural y probablemente es el mismo que rige entre bancos de peces. Entre los seres humanos también son operativas estas leyes no escritas, las cuales se derivan de la misma movilidad de los individuos.

Por ejemplo, el tráfico en la ciudad de Roma es más fluido de lo que pudiese esperarse a juzgar por la configuración de la ciudad (los urbanistas de Augusto no contaban con la invención del motor de explosión). Se puede observar claramente que los conductores romanos siguen rigurosamente unas leyes que con total certeza no figuran en el Código de Circulación:

- Los conductores deben evitar chocarse con los demás.
- Todos tienen que ir a la máxima velocidad posible y manteniendo el promedio de la misma.
- En el caso de un obstáculo (una glorieta, por ejemplo) se reagrupan insertándose en el tráfico adyacente en dirección al centro de gravedad de la masa de vehículos que accede a la intersección del flujo.

Aunque probablemente los romanos no son conscientes de ello, y pese a que un forastero pueda juzgar caótica la conducta de esos conductores (un paso de cebra no es aquí más que un elemento decorativo en el asfalto) lo cierto es que la fluidez del tráfico es mucho mayor que lo que cabría esperar de un escenario de alternancia de calles estrechas con avenidas, de nubes de motos y de rebaños de turistas desplazándose bajo criterios caóticos de un lado hacia otro: el modelo funciona, precisamente, porque la regla de las reglas consiste en dejar de lado la normativa de circulación. Se trata de un pleno y eficiente modelo libertario.

El único requisito para que tal situación eficiente tenga lugar, viene dado por la velocidad. Sin velocidad, la ciudad de Roma sería un permanente atasco y los bancos de peces y las bandadas de pájaros chocarían continuamente entre sí, impidiendo su supervivencia.

Es más que probable que en la MMM (Malla Máxima Mundial en español o WWW en inglés) se esté obedeciendo a las mismas reglas rudimentarias: “no me meteré en tu camino, iré a la misma velocidad que tú y si algo desagradable sucede, nos reagruparemos con el grupo de mayor tamaño que se encuentre más próximo al lugar donde nos encontramos”, tal como mostrábamos más arriba con la pequeña iniciativa de negocio de suministros de consumibles a empresas. En efecto, para que estas reglas puedan ser aplicadas con todo rigor, se requiere pasar por alto las normativas elaboradas en los despachos de los centros oficiales, y por supuesto, no tener demasiada piedad con los confiados peatones que ingenuamente creen encontrarse a salvo cuando pisan un paso de cebra (el lector ya habrá advertido que aquí los peatones son los consumidores de productos y servicios en Internet).

El consumidor en Internet es lento para tomar decisiones y recela de la actitud de quienes integran el tráfico rodado (los proveedores de ofertas y servicios). Como se da la circunstancia de que los legisladores nacionales poco tienen que hacer en el contexto virtual planetario de la Red, los mismos internautas han desarrollado sus propios modelos de conducta, y de ahí las etiquetas o normas de protocolo comercial, los desistimientos ante sitios web ajenos al concepto web (signifique esto lo que quiera significar) y otras leyes de riguroso acatamiento, pero no estatuidas ni promulgadas.

Es más que probable que tarde o temprano se estatuyan y promulguen normas institucionales para el uso de Internet (del mismo modo que las Bolsas, aparentemente mercados libres, se someten a complejas normas de seguridad de tráfico estrictamente delimitadas). Cuando eso suceda, si es que llega a suceder, la tan cacareada libertad de Internet habrá llegado paradójicamente a su fin y surgirán amenazas de colapso.

Sólo la velocidad de los actores permitirá conservar el último escenario libertario que les queda a los seres humanos. Mientras tanto, los ecologistas podrán comprobar a plena satisfacción que las personas, cuando se centran en la acción, y no en las normas racionales, son capaces de adaptarse al entorno eficientemente, igual que un banco de peces.

Lo malo son los tiburones. Pero esto ya es otra historia.
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