Texto grandeTexto normal
Ideas Ir al contenido
9 de Marzo de 2001

En portada

Ambiciones razonablesPor José Hermida
Malditas vanguardiasPor Carlos de Matesanz
Las fotos de EvaPor José Apezarena
Moda & FashionPor Fabián C. Barrio
Predicador: humor sangrantePor David Jiménez Torres
Sí sabemos competirPor Eduardo Mayora Alvarado
Sabor y sinsaboresPor Carlos Semprún Maura
Ricardo Güiraldes según BorgesPor Rubén Loza Aguerrebere
La F1 continúa en MalasiaPor Enrique González
Pensando en los OscarPor Andrés Arconada
¡Qué vida más amarga!Por Enrique Coperías
No tenga miedoPor Carlos Ball
Mucha música y literaturaPor Carlos Pérez Gimeno
Pobreza: de los signos a las causasPor Ricardo Medina Macías
Peor que los autoresPor Julia Escobar
Los libros del díaPor Varios autores
Semana del 3 al 9 de marzoPor I. González y Rosana Laviada

Suplementos

Compartir

Buscador

Google
Palabra (s)

AUTORES Y GéNEROS

Canibalismo en los tiempos del SIDA

Por Agustín Jiménez

Y de los priones locos. Y de la fiebre aftosa. "El silencio de los corderos" se publicó en 1988 cuando ya estábamos prevenidos contra el Sida. Pero Aníbal el Caníbal, Hannibal Lecter, no tenía miedo al contagio. Mordía a la gente, manoseaba entrañas como un superdiós inmune. Inmune también al cansancio físico, a la tensión de las arterias, a la ignorancia, al temor, a la culpa y, hasta ahora, al castigo. Es una parábola inquietante o una metáfora del poder absoluto en tiempo de crisis. Hannibal Lecter es, a su manera, un Conde de Montecristo capaz de todo y, como éste, y aun menos compasivo, un Superhombre.
Thomas Harris ha vuelto a atacar —su paradero es tan enigmático como el de su personaje— con una novela, "Hannibal", admirable en varias cosas, carente de aliento en otras, desaprovechada y puede que disparatada en su última parte. Ha sido recreada en una película mezquina de Ridley Scott, con un guión torpe (aunque en él haya participado David Mamet) y que engrosa el crecido número de desastres cinematográficos convertidos en geniales por la cada vez más crecida falta de atención de los espectadores. Cierto que no es fácil impactar con imágenes realistas y, al mismo tiempo, convertir a los personajes en convenciones de ideas abstractas. Desde Kafka sabemos que la falta de definición es un carácter literario. En cine la falta de definición es imposible y además el personaje principal tiene que encarnarlo un rostro muy definido. El de Hannibal es el de siempre —en la novela se ha alterado el rostro— y eso solo hace inverosímil sus paseos por Florencia. En la película, que, por otra parte, es mucho menos aterradora que la novela, nada es creíble: ni la operación de obtención de huellas digitales ni las gestiones del policía italiano. Nada es realmente sugerente. Se oyen las Variaciones Goldberg y se oye en un momento un soneto de Dante en mal italiano. El superhombre de Harris lo habla sin acento. Para eso es superhombre y no simplemente Anthony Hopkins. Al final, en el libro, hasta Clarice Starling lo habla.

Pero ¿importan las deficiencias literarias?, ¿afectarán los errores a la taquilla? Probablemente no. Thomas Harris ha encontrado un héroe extraño que no ha acabado de fascinarnos, y con él y su estatura medimos el libro insatisfactorio y la película naufragada. El héroe es ya más rico que sus encarnaciones. Así se hacen los mitos. La película de "El silencio de los corderos" (Jonathan Demme) dejó para siempre un icono: la máscara de Hannibal, con la que nos defendemos de él a la vez que lo vestimos de verdugo nuestro. Una máscara similar —y de similar capacidad autoerótica— le costó la nariz y los labios a Mason Verger, el riquísimo depravado que persigue a Hannibal en esta entrega. Esos apéndices corporales se los echó Hannibal a los perros. Mason quiere que a Hannibal se lo coma una piara de cerdos de Cerdeña y que su agonía la firme un director de cine porno.

Siempre hay un malo peor que los malos. En "El silencio de los corderos", Hannibal ayuda a Clarice Starling a abatir a un personaje siniestro. En "Hannibal", Clarice evita el sacrificio ritual. "El silencio..." nos presentó a un caníbal en tiempos del Sida. "Hannibal" nos muestra las perversiones de los animales, contemporáneos de las vacas locas y de los puercos aftosos, precursores de incipientes enfermedades de los peces que se desarrollarán cuando la anguila acabe de frotarse con Mason. Se la ha metido por la boca —una anguila filiforme, una abertura cóncava de pedófilo— su hermana Margot —no sale en la película—, que es aun más mala: ¿Cuál es el escalón más bajo de la degradación? ¿Un cerdo? ¿Una anguila? Y ¿por qué Margot insiste en perpetuar el mal forzando el semen por la próstata asfixiada de Mason? Mason sin labios, incapaz de pronunciar las pes, que ha perdido la batalla frente a Hannibal el políglota.

Hannibal el políglota, el sabelotodo, el cometodo, el disfrutatodo, el viajatodo. El recuerdatodo. Harris ha intentado reconstruir dramáticamente un famoso libro de Yates: "El arte de la memoria". Como intuición literaria, es una idea estupenda, aunque Harris no tiene aliento suficiente para desarrollarla. Para retener argumentos y nombres, los oradores clásicos, recuerda Yates, imaginaban un palacio. En cada vano, en cada capitel, en cada frontispicio colocaban un nombre, un sentimiento, una fecha. El palacio era la imagen de su memoria. La memoria era la imagen de su discurso. Al final del libro, Hannibal ayuda a Clarice a explorar el palacio de su propia memoria. ¿No es ésa la clave de la buena pedagogía? Cuando es necesario, el profesor excita la mente de la alumna con estímulos físicos, con drogas, con los huesos que ha sacado de la tumba de su padre. En el palacio de Hannibal hay huecos de tristeza. El antiguo criminal y la antigua policía se encuentran en un mundo imaginario. En el palacio de la memoria todo sucede en presente: el libro tiene una mayoría de frases en presente o carentes de verbo. En el palacio de la memoria todo resuena y Harris nombra una gran cantidad de ruidos. El escritor no sabe explorar todas las variedades del lenguaje. Pero a lo mejor sigue intentándolo.

Este libro se puede adquirir en la Tienda de Libros de El Corte Inglés
RSS © Copyright Libertad Digital SA. Juan Esplandiu 13, 28007 Madrid.
    Tel: 91 409 4766 - Fax: 91 409 4899