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23 de Febrero de 2001

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DRAGONES Y MAZMORRAS

Cambios sociales

Por Julia Escobar

Durante esta semana he tenido ocasión de participar en la vida cultural de dos ciudades levantinas: Murcia y Valencia. En la primera fui invitada por el Museo Ramón Gaya a intervenir en el ciclo Poesía en el Museo. De octubre a junio, el museo invita a un poeta a que lea, en ese marco incomparable, parte de su producción. En lo que va de curso han ido ya Jon Juaristi, José Antonio Muñoz Rojas, J.M.Caballero Bonald, Antonio Cabrera y una servidora. Todavía quedan José Luis Parra, Paca Aguirre, Blanca Andreu y Berta Serra.
En Valencia participé en el «Curso sobre la creación literaria» que se desarrolla de febrero a junio en dicha ciudad. Lo organiza Ámbito Cultural (El Corte Inglés) y la Revista Lateral. La idea del curso es interesante, porque más que a creadores, va dirigido a posibles editores. Se trata de analizar todas las fases por las que atraviesa un libro, desde que es imaginado por el autor hasta que llega a manos del lector, e incluye también la recepción crítica. Para ello los organizadores eligieron dos obras, la del valenciano Joan Andrés Sorribes, Noverint Universi, publicada por Tàndem edicions y la mía titulada La asamblea de los muertos, publicada por la editorial Pre-Textos. Como digo, lo más importante de este curso no son los autores (de hecho sólo hay un encuentro con los alumnos por autor) sino los otros agentes de la cadena, los lectores de editorial, editores, correctores de pruebas, impresores, libreros y críticos literarios.

En ambas ocasiones me llamó la atención la calidad y la intensidad del público. Están muy lejos los tiempos en que se consideraba un paseo hacer una gira «por provincias». Hay que recordar que en ellas hay ahora Universidades, revistas, editoriales, lo que supone un público de personas interesadas e interesantes que, añadido a una oferta lógicamente más reducida que en las grandes capitales, pone el listón muy alto. Este es uno, y no el menor, de los numerosos cambios que ha experimentado la España finisecular, cambios sobre los que se explaya, en uno de sus últimos libros Amando de Miguel, con quien comparto periódico y micrófono. Digo «uno de los últimos» porque su ritmo productivo es vertiginoso y hace poco se habló en La Linterna de otro ensayo suyo, también reciente, sobre las predicciones y otras adivinanzas fallidas, todo desde el punto de vista sociológico, faltaría más.

A pesar de haber estado alejada de Madrid durante casi toda la semana, volví a tiempo de asistir a su presentación, en la Fundación Winterthur. El libro se titula La vida cotidiana de los españoles en el siglo XX y lo publica la editorial Planeta, que son muy listos y saben lo que se hacen. Lo presentó la ministra de Educación, Cultura y Deporte, Pilar del Castillo, que anteriormente fue directora del Centro de Investigaciones Sociológicas. La intervención de la ministra fue modélica en su concisión; recordó la importancia Amando de Miguel en el panorama intelectual y universitario y elogió el contenido del libro del que destacó su oportunidad y su perspicacia. La ministra dijo, con mucha ironía, haberse sentido retratada en la descripción del triunfador social, devorado por la falta tiempo.

Amando de Miguel, con la jovialidad y locuacidad que le caracterizan, desveló el misterio de su fecundidad: escribir aquellos libros que nadie ha escrito todavía. Precisamente sobre la vida cotidiana de los españoles no abunda la bibliografía y nunca se habían analizado en profundidad los vertiginosos y espectaculares cambios que se han producido en España durante el siglo XX. Amando de Miguel recordó que una misma generación (y apeló a su propia experiencia) ha pasado de ver como se fabricaba el jabón en casa a la vorágine consumista de hoy. Animó, pues, a sus colegas a ayudarle en la tarea de llenar los huecos que hay en España en materia de sociología y a aguzar el sentido del oído para abastecerse de material. Basta -dijo- con sentarse el en vestíbulo de un hotel para enterarse de cosas sumamente interesantes sobre la vida privada de los españoles, gracias sobre todo a nuestro elevado tono de voz.

Los actos de la Fundación Winterthur (ya saben que soy una experta en estas cosas) se caracterizan por su brevedad y por algo aún mejor: no tienen coloquio. Los presentadores, y el autor, se producen en público con mayor o menor brillantez (en este caso fue con la máxima) y luego se pasa directamente al cóctel que fue, nobleza obliga, muy rico y muy abundante. El público, menos compacto y bastante más numeroso que en los ya referidos actos murcianos y valencianos.
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