DE LA IMPERICIA AL éXITO
Babel en Internet
Por José Hermida
Un círculo vicioso originado en la inexperiencia impide que las pymes obtengan todo el provecho posible de Internet. Se dice que Internet es muy parecido al sexo entre adolescentes debido, entre otras, a las siguientes razones:
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- Todos hablan del asunto
- Todos desean hacerlo
- Todos dicen que lo hacen
- Todos creen que los demás lo hacen
- Todos creen que ellos lo hacen menos que los demás
- Todos lo hacen mal
Y la inmensa mayoría, sencillamente, no lo hace. Cada vez que quien suscribe estas líneas es invitado a dar una charla sobre Internet, teme, como tantos otros oradores, el momento en que llega el turno de preguntas por parte del público. Pero una charla sobre Internet presenta unas características muy distintas a, por ejemplo, un discurso sobre política (área en la que cualquier persona normal se siente capacitada para opinar) o sobre tecnología o cualquier otra disciplina en la que se supone que el público no sólo está interesado en el tema, sino que además, disfruta de un cierto nivel de especialización, pudiendo, en ciertos casos, comprometer al orador con las preguntas formuladas al final de la exposición.
En las charlas sobre Internet no sucede ni lo uno ni lo otro; es decir, ni las preguntas son vagas, ni son comprometidas: son, por lo general, asombrosamente ingenuas. Yo mismo asisto con cierta frecuencia como espectador a este tipo de charlas y puedo comprobar la decepción de los oradores en el turno de preguntas. Resulta especialmente frecuente el tema de las pasarelas de pago a través de TPV virtual: es asombroso que los miembros del público (formado por empresarios, quienes, en definitiva, lo que quieren es vender en Internet aparte de hacerlo en la falsamente denominada vida real) presenten objeciones a propósito de la seguridad de los pagos, cuando en realidad, es una cuestión que debería importarles un bledo, ya que el que cobra no incurre en ningún riesgo, sino el que paga.
Si yo soy el propietario de un restaurante y cobro las minutas mediante tarjeta de crédito, mi mayor preocupación, como mucho, será la comprobación de la firma y la disponibilidad de fondos del propietario de la tarjeta. Corresponderá la inquietud, si cabe, al cliente, el cual no sabrá si yo, con su tarjeta en la trastienda, la paso una docena de veces por la bacaladera y en lugar de una factura, le hago doce (por cierto, ¿por qué te piden el carnet de identidad cuando compras una revista en una gasolinera y no te lo piden en un restaurante de cinco tenedores?).
Pues bien, no hay charla de divulgación de Internet, sea en una cámara de comercio, sea en la sede social de una agrupación de empresarios de un polígono industrial, donde no surja el maldito asunto de la seguridad en los pagos. Sin embargo, el arduo tema de la adaptación de las empresas al entorno web es un tema que no parece importar gran cosa a los asistentes, cuando en realidad, y en términos de competitividad, es donde se encuentra el meollo del asunto.
Es de sospechar que tal vez los oradores que nos dedicamos a estos temas no estemos demostrando una suficiente capacidad de comunicación; unas veces por soberbia (el exceso de conocimientos técnicos por parte de algunos, que convierten en incomprensibles las informaciones) y otras veces por demasiada llaneza (que hacen de la charla un simple entretenimiento).
En una reciente charla sobre Internet, una persona del público dijo al orador: “Me ha convencido y voy a hacer una página web para que mi empresa se incorpore al comercio electrónico con el B2B de ese (sic), pero dígame: ¿qué es mejor? ¿qué pongamos ADSL o RDSI?”. La expresión del orador inducía a compasión: el interlocutor no se había enterado absolutamente de nada, estaba confundiendo la rapidez de descarga de los contenidos por parte del visitante con las aplicaciones de comercio electrónico y muy probablemente, era lo mismo que sucedía en las confusas mentes del resto de las personas presentes.
Si de verdad pretendemos que las pymes españolas no pierdan el tren de las nuevas tecnologías, todos debemos aportar el mayor esfuerzo en los programas de formación tanto para los empleados como para los gerentes de las empresas. Mientras no sea así, y tal como sucede con el sexo de los adolescentes, todos seguirán hablando de ello, todos seguirán queriendo hacerlo pero no lo harán y todos lo harán mal.