AUTORES Y GéNEROS
Astérix el francés
Por Agustín Jiménez
Un tribunal de Carolina del Norte ha condenado a un jovencito a leer las aventuras completas de Lassie. El jovencito le había cortado la cabeza al perro de su madre. Por si alguien lo ha olvidado, Lassie es un entrañable colley nacido en 1938 (lo parió Eri Knight en el "Saturday Evening Post") y, según la sentencia, su existencia virtual sigue siendo fuente de edificación.
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Pasa con otros personajes de ficción. En las listas de éxito de varios países, España incluida, destaca estas semanas la última aventura de un compendio de moral francesa que ha arrasado la imaginación de medio mundo desde que Goscinny y Uderzo le dieron vida en "Pilote". Con Tintín y Lucky Luke (en cuyo guión también intervino Goscinny un tiempo), Astérix forma la trilogía de grandes personajes del cómic en francés. Franceses y belgas. Astérix encabeza la panda de personajes de un pueblo francés. Panda de fanfarrones que es difícil no contraponer a un celebérrimo pueblo belga de dulcísimos personajes azules del que tuvimos noticia por la misma época: los pitufos de Peyo empezaron a pitufear en 1958.
Eran años inocentes a punto de malograrse. En 1962 llegó Barbarella marcando curvas, presagiando a las tórridas italianas de Manara. Pero ni Astérix ni Lucky Luke conocían mujer. A nuestro Capitán Trueno, castísimo y franquista, nunca lo vimos propasarse, pero al menos viajaba por el mundo acompañado de su princesa de Tule o soñando con ella. Quizás fue por el puritanismo de Goscinny. Cuando éste murió, el dibujante Jean Tabary consintió que, en la corte del califa Haroun El Poussah —el malvadísimo Iznogoud es hermano de Astérix por parte de guionista— se estableciera un burdel. Tras la desaparición de su compañero, Uderzo también ha ido dando entrada a las mujeres en las vidas del canijo Astérix y del mastodóntico Obélix y, en "Astérix y la Traviata", vuelve la intrigante de Favala. Aunque la afirmación sea políticamente incorrecta, a medida que entraban las mujeres, se estropeaba el guión. Sin que esto signifique darle la razón a Jean-Paul Sartre, que contribuyó a la censura del género del cómic y que, en 1949, hacía publicar en "Les Temps modernes" un artículo llamado "Psicopatología del cómic". El artículo había aparecido antes en una revista americana llamada (sic) "Neurótica". Ni Astérix ni Obélix ni Panorámix ni el perro Idéfix parecen seres particularmente neuróticos. Lo son sin duda Julio César y sus romanos. Pero para eso son el enemigo.
Como en tantas ocasiones, un mito de nuestros vecinos ha penetrado en todos los mercados y todas las conciencias. Pero Astérix sólo puede ser francés. Representa quizás la parte más simpática —la buena comida— y un poco de la más antipática de los franceses —el provincianismo, los clichés sobre los extraños— de los franceses, gente de indudable personalidad que, en muchas ocasiones, siguen viviendo aparte, como los galos irreductibles. Renan señalaba que los galos encarnan como nadie la pureza racial. Literariamente, estos galos de tebeo proceden de varias familias embarulladas y gozosas que van de los fabliaux a "Le canard enchaîné", del superhombre del folletín del XIX al anacrónico presidencialismo de Francia. E incluso a las canciones de Georges Brassens, aquel que se quedaba en la cama calentito mientras los demás iban al desfile militar, a quien parece que estamos oyendo cuando, en el pueblo de Astérix, se desentienden una y otra vez de la política.
Antes de que irrumpiera Astérix, los historiadores sabían muy pocas cosas de los galos, los celtas que vivían en Francia antes de que la ocuparan los romanos en el siglo I antes de Cristo. Ahora al menos ya saben cómo se reían, como se divertían, como luchaban y cómo comían, cosas todas que parecen ser la misma cosa en un mundo tan redondo como la panza de Obélix. En los dibujos de Uderzo, los galos y sus habitaciones tienen perfiles ovalados. En cambio, los romanos introducen la línea recta, el orden de batalla en paralelogramo, los rostros pronunciados. Los galos son alegres y la alegría produce universos mutables, geometrías variables. En la historia de la literatura, la alegría francesa se condensa en los "fabliaux" medievales conectados con la desenvoltura popular de los europeos de siempre y con ese espíritu carnavalesco que animó Rabelais y al que tanto contribuye el apetito literalmente "pantagruélico" de Obélix y el resto de esos tragaldabas que, en la última viñeta —y, en medio, cuando se tercia— se ponen ritualmente a comer.
Un famoso manual de mediados del siglo pasado, el de Gustave Lanson, asentó el "espíritu francés" en dos vertientes: el "espíritu galo" y el "buen sentido burgués". En su desinterés por el cambio, Astérix acoge una enorme dosis de aburguesamiento, aunque, con tal de que no llueva —y efectivamente, todos sus cielos son azules—, no tenga miedo a nadie. Pero, en su disposición a remediar entuertos siempre que hace falta, con su técnica disparatada, en su habilidad sobrehumana para desenredar intrigas y en sus capacidades físicas extraordinarias, Astérix se alinea con el Jules Vallès de "Los miserables", con el Conde de Montecristo, con Rocambole y, mucho más, con los Tres Mosqueteros. La única diferencia es que Astérix no es un personaje urbano. Pero el campo es uno de los ideales de todos los héroes buenos del folletín.
El Rodolfo de Eugène Sue o el Rocambole de Ponson du Terrail instalan a sus protegidas en una casita de campo cuando quieren protegerlas de los malvados. La mitología francesa no ha producido locos irreales como Don Quijote ni amantes de ultratumba como los que Shakespeare vio en Verona ni filósofos como el Doctor Fausto. Pero sí una profusión de hombres de acción providenciales que hacen el mundo soportable y lo libran de fantoches que quieren dominarlo. Y que tienen tanta energía que hasta les da para emborracharse y pasarlo bien. Héroes colectivos como los mosqueteros. Héroes desproporcionados y amables como la cuadrilla de Astérix.