CONTRACORRIENTE
Apología del especulador
Por Gorka Etxebarría
¿Quién es ese personaje maldito llamado especulador? ¿Acaso un hombre cruel que se aprovecha de nuestras necesidades? Antiguamente eran los responsables de todos los males: escasez, miseria... Hoy, como explica Henry Lepage, “se les acusa de incivismo cuando colocan el capital financiero del país al abrigo de las predaciones económicas que cometen nuestros gobernantes”. Pero, si somos veraces, veremos que son personajes indispensables en nuestra economía.
|
El “especulador” es un personaje odiado que parece que se aprovecha de las desgracias ajenas, pero su labor es esencial en la economía. En tiempos de prosperidad, cuando los precios de la comida están “inusualmente bajos”, el especulador compra haciendo que los precios suban, y en los años de escasez, que vendrán después, la comida que el especulador ha almacenado se saca al mercado haciendo que los precios bajen, con lo cual suaviza los efectos de la falta de alimentos.
Además puede que anticipe un periodo de abundancia y venda lo que había acumulado (que supone un coste de almacenamiento) haciendo que bajen los precios mientras que él pierde dinero si se equivocó en su predicción y lo que viene es una época de escasez. Y como el mercado no respeta ningún privilegio, se tiende a expulsar a quienes no saben anticiparse a las necesidades colectivas. Es preferible que sean actores privados, y no los burócratas, quienes se dediquen a especular porque, por lo menos, los primeros arriesgan su dinero y los otros cuando yerran nos arruinan a los demás.
Para que veamos cómo la labor de estos señores es indispensable, unos cuantos ejemplos serán de gran utilidad. En 1584, cuando el Duque de Parma sitia la villa de Amberes, faltan alimentos y consecuentemente, los precios se disparan. El municipio entonces decide fijar un precio máximo para cada producto. Ningún comerciante extranjero se acercó a Amberes a vender los productos necesarios porque el precio establecido era igual o ligeramente superior a lo que podrían lograr en otros mercados. Al final, Amberes se rindió porque no podía sobrevivir sin alimentos. La culpa, de los ediles, no de los comerciantes.
En 1770, una epidemia causaba estragos en Bengala pero las autoridades volvieron a errar y los mecanismos espontáneos de racionamiento, como los denomina Lepage, no funcionaron. En 1860 en Bengala ocurrió otra tragedia: las cosechas eran escasísimas pero los gobernantes, esta vez, dejaron al mercado actuar y los especuladores solucionaron el problema.
El intervencionismo causa daños irreparables. Alabemos a quienes piensan en sí mismos porque saben que si no satisfacen nuestras necesidades no podrán ganar dinero. Si no les dejamos beneficiarse de los servicios que nos prestan, huirán a otros lugares donde les valoren más.

© Copyright Libertad Digital SA. Juan Esplandiu 13, 28007 Madrid.
Tel: 91 409 4766 - Fax: 91 409 4899