Julian Simon era un optimista profesor de economía y administración de empresas de la Universidad de Maryland en College Park, más conocido como el “doomslayer” (aniquilador de melancolías) por ideas tan estrambóticas como la siguiente, estrenada en aquella lejana época cuando lucía muy “chic” esgrimir fatalismos poblacionales y pelo largo: señoras y señores, que la población del planeta crezca a las tasas en que está creciendo no es malo, sino bueno. No sólo implica más bocas para alimentar. Implica también más mentes para idear maneras ingeniosas de lograr hacerlo y más manos para poner estas ideas en práctica. La población se ha disparado, y se sigue disparando, porque la mortalidad infantil cayó dramáticamente, y si la vida humana vale algo, ello es una excelente noticia, no un presagio del desastre.
Los recursos naturales, planteaba Simon, no son “finitos” de manera seria, porque son creados por la mente humana, que es un recurso infinito, para efectos prácticos ( “The Ultimate Resource 2”, Princeton University Press, 1996). Su punto de fondo es bien sencillo: los seres humanos crean, no destruyen. Como economista, Simon sabía que la prueba ácida de su teoría estaba en los precios de mercado y no en la carretica de los ambientalistas. Si la mente humana es, en efecto, el recurso importante a la hora de generar —por ejemplo— la energía que se necesita para mover un automóvil, poner a funcionar una fábrica o alumbrar una gran ciudad toda la noche (el petróleo, por ejemplo, solo un ingrediente adicional) entonces debe ser cierto que a medida que pasa el tiempo y hay más y mejores mentes, el precio de los recursos naturales —los ingredientes adicionales— debe bajar.
Si, al contrario, la razón la tiene gente como Paul Ehrlich, de Stanford, diciendo que tanta gente consumiendo tantos bienes implicaba un desastre energético y alimenticio en el futuro, entonces los precios deberían subir. En una de esas anécdotas míticas en la profesión, resulta que ambos destacados profesores accedieron a una apuesta. Simon apostó a que el precio de los 10 productos primarios que Ehrlich escogiera, agrupados en un índice, bajaría en los siguientes diez años. Su contrincante, en línea con la idea pesimista de que el cielo se nos está cayendo encima, apostó a que el precio de dicho grupo de bienes subiría. Simon ganó sobrado.
Hoy día no hay ya mucha gente en la academia que se tome en serio la idea de que los humanos nos estamos quedando sin comida o sin fuentes de energía. Más aún, hay muy serias dudas sobre la existencia misma del presunto “calentamiento global” que es la obsesión de turno. El geólogo Jan Veizer, de la Universidad de Ottawa, por ejemplo, publicó en la prestigiosa revista
Nature —a finales del año pasado— un estudio según el cual no hay correlación alguna entre la cantidad de dióxido de carbono (las emisiones que tanta prensa atraen) y la temperatura del planeta en un momento dado. El trabajo es fundamental porque pone la bola del lado de los pesimistas, a quienes les quedará complicado, sin duda, comentar con seriedad un juicioso análisis que abarca 550 millones de años de evidencia geológica recolectada a lo largo y ancho del mundo.
Los planteamientos optimistas de gente como Julian Simon y trabajos serios como los de Jan Veizer cuestionan el corazón de aquellos planteamientos —intuitivamente atractivos, sin duda— según los cuales los seres humanos somos destructores natos y requerimos que alguien nos ayude a superarnos. Así las cosas, el medio ambiente, como queda claro en el protocolo de Kioto —tildado de “ridículo” por el profesor de ciencias atmosféricas Richard Lindzen de MIT, reconocida autoridad mundial y serio contradictor de la hipótesis de que la actividad humana esté causando calentamiento global— es un arma crecientemente utilizada por los proteccionistas a ultranza como argumento en contra de la libertad económica.
©
AIPEAlberto Carrasquilla es
decano de la Facultad de Economía de la Universidad de Los Andes, Bogotá