El estudio
Jóvenes españoles 99 de la Fundación Santa María (pueden ver un resumen bastante completo en
www.archimadrid.es/alfayome/menu/pasados/revistas/99/nov99/num188/enport/enport03.htm), indica entre otras cosas que
el nivel de implicación social de la juventud española es muy bajo, mientras que
el 82% de los jóvenes españoles se muestran satisfechos con la vida que llevan. Lo primero que nos viene a la cabeza cuando alguien nos invoca el concepto “implicación social” son las actitudes relacionadas con el altruismo, el compromiso con la sociedad, la participación en el voluntariado de ONGs y otros rasgos similares, pero esta visión ciertamente abarca una parte harto reducida del concepto: implicación social significa esencialmente que los ciudadanos están de acuerdo con el modelo de la sociedad en la que viven, y que por tanto, sus actitudes, desarrollo de destrezas sociales, profesionales e intelectuales se orientan hacia la sintonía con los valores sociales propios de su entorno.
Desgraciadamente, la esencia de los valores sociales de los españoles se muestra bastante clara para los sociólogos... pero no parece tan evidente que los ciudadanos comprendan o se interesen realmente por cuáles son esos valores. El desconocimiento o falta de interés hacia los valores sociales españoles (sean éstos cuáles fueren) está provocando serios obstáculos en el desarrollo de ideas en el ámbito de Internet. Sin ánimo taxonómico, les ruego que me permitan exponer tres tipos básicos de jóvenes que de alguna forma (profesional o personal) se encuentran vinculados con Internet:
- Internet es un maravilloso juguete para las personas “que viven su tiempo” (observen ustedes el tono publicitario que deliberadamente he introducido en la expresión).
- Internet es la nueva expresión de la tiranía de los empresarios, siempre dispuestos a proceder a la explotación de los trabajadores en sus
sweatshops (literalmente “tiendas de sudor”, expresión inglesa de finales del s. XIX para referirse a los negocios donde se explota a los trabajadores).
- Internet es una oportunidad de desarrollo personal y de lícito enriquecimiento que permite a las pequeñas empresas e iniciativas personales competir con rivales poderosos con menor desigualdad que cinco años atrás.
La mencionada encuesta muestra una tendencia generalizada hacia el abandono de todo ámbito de trascendencia, sobre todo el político y el religioso, una gran importancia concedida a las relaciones de amistad, menor asunción de riesgos y menor contacto con el exterior. Expresado de otra manera, todo un panel de características que nada tienen que ver con la percepción de Internet como una herramienta de desarrollo personal y profesional.
¿Significa lo anterior que el remachado concepto
sweatshop sigue rigiendo en el entorno de Internet de la misma forma que en los tiempos de la Revolución Industrial? Les ruego que me permitan invocar mi porcentaje de genes galaicos para expresarme de forma ambigua:
sí y
no:
SÍ: en efecto, un insufrible número de empresas han transplantado integralmente los modelos tradicionales de la “empresa real” a sus negocios en Internet. Desgraciadamente, los cerebros rectores de esas empresas suelen desconocer los modelos imprescindibles para el funcionamiento en un universo tan complejo, el cual requiere tanto conocimientos técnicos como implicación en el equipo de trabajo, sentimiento de competitividad frente a las amenazas externas y un gran derroche de imaginación práctica. Evidentemente, en un modelo tradicional de empresa (de los denominados de corte paternalista) la imaginación se encuentra totalmente proscrita, ya que las decisiones se toman desde arriba, lo cual provoca bloqueos repetitivos en el desarrollo de un trabajo.
NO: las iniciativas personales (en la jerga empresarial, “intraemprendedores”) tienen a su disposición un campo abonado para su desarrollo personal y profesional. Cada vez es más corriente (¡y no sólo en Madrid o Barcelona o San José, California, sino también en Albacete!) que los directores de sistemas competentes por debajo de los treinta años de edad, reciban ofertas de sus empresas para participar en el accionariado, ya que el riesgo de perderlos a causa de ofertas tentadoras por parte de la competencia resulta demasiado peligroso.
En lo que se refiere a España, y perdonen mi atrevimiento como futurólogo, el panorama que nos espera a cinco años vista es el de otras nuevas “dos Españas”, la una configurada por personas con escasa formación intelectual debida a la falta de rigor docente tanto en el bachillerato como en la Universidad, sentimientos de egoísmo llevados hasta el paroxismo (“mentalidad de consumidor”) y tendencia generalizada hacia la propia inclusión en círculos muy reducidos establecidos por afinidades lúdicas, que es lo que en la jerga de Internet se reconoce bajo la expresión “comunidades”; la otra España vendría dada por un conjunto disperso de individuos sumamente interesados en la adquisición de conocimientos, tanto profesionales como de otras áreas, con buena capacidad de comunicación y abiertos al establecimiento de diálogo incluso con personas ajenas a la actitud que los caracteriza.
Como es fácil de advertir, el primer grupo supera con creces al segundo en términos numéricos, pero ¿significa esto que la debilidad social del país —capital social— va a afectar al desarrollo económico? Probablemente no. Y hasta incluso es posible que suceda todo lo contrario. Desde hace tiempo se sabe que el nivel de la enseñanza o el promedio del coeficiente intelectual entre los ciudadanos no tiene la menor incidencia en el Producto Interior Bruto de una nación, pero lo que sí resultaría pernicioso es que las personas que muestran una actitud creativa y ambiciosa, sanamente ambiciosa, para sus proyectos vitales, se viesen desmerecidas socialmente por una horda de compradores compulsivos cuyos valores sociales se encontrasen a la altura de los de una rana.
Los políticos deberían reflexionar sobre estas cuestiones y aplicar las acciones oportunas para evitar tan siniestros escenarios que dejarían atrás a los procedimientos de exclusión social de los nazis. Desgraciadamente, desconocemos el porcentaje de políticos cuyos mayores valores vengan dados por la compulsión compradora y el aislamiento en círculos reducidos. Pero nos tememos que es un porcentaje alto.