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20 de Abril de 2001

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Alfred Nobel y las matemáticas

Por Alicia Delibes

Para cumplir los últimos deseos del químico sueco Alfred Nobel, gran parte de su fortuna se destinó a la creación de cinco premios para aquellas personas o entidades que hubieran sobresalido por su aportación al bienestar de la humanidad en el campo de la Física, de la Medicina, de la Química, de las Letras o de “la paz en el mundo”.
Muchas leyendas corren sobre el científico sueco, soltero, millonario, emprendedor y aficionado a la poesía, que había abierto más de 90 fábricas de explosivos y laboratorios, repartidos por 20 países, y que había visto saltar por los aires a su propio hermano cuando manipulaba, junto a un grupo de trabajadores e ingenieros, material armamentístico. Muchas de esas historias pretenden encontrar la razón que le llevó a legar su fortuna para premiar a quienes hubieran contribuido con su trabajo y esfuerzo a la extensión de la paz y el bienestar de la humanidad.

Hay quien atribuye cierta responsabilidad en ese legado a la que fue su fiel secretaria, la austríaca Berta Kinsky que le abandonó para casarse con el conde Arthur von Suttner convirtiéndose en una de las más fervientes luchadoras contra la carrera armamentística.

Más misterios se añaden a la vida del solterón poeta cuado se busca alguna razón que ayude a comprender porqué no dejó una parte de su fortuna para premiar el trabajo de los matemáticos y, máxime, cuando había sido contemporáneo y paisano de un gran matemático sueco, Gosta Mittag-Leffer.

La explicación que con más frecuencia dan los propios matemáticos es tan romántica como difícil de creer. Se culpa a Mittag-Leffer de haberse entrometido en una de las pocas aventuras sentimentales que se le suponen a Nobel. Gosta, trece años más joven que él, trabajó durante casi toda su vida en la que se convertiría en Universidad de Estocolmo, entonces la Hogskola, y no tuvo demasiado trato con el “millonario europeo vagabundo”, como Víctor Hugo llamaba a Alfred Nobel. Lo que si parece documentado es que Mittag, que había recibido el encargo de conseguir del, ya anciano, millonario que legara parte de su dinero a la Hogskola sueca, no sólo fracasó en su misión sino que mantuvo ciertas desavenencias personales con Nobel.

Pero, más realista sería pensar que quizás el químico sueco no consideraba que las matemáticas pudieran ser una fuente de “progreso y felicidad para la humanidad” y que ni siquiera pasara por su imaginación dejar dinero para premiar el trabajo tan abstracto como solitario de los investigadores matemáticos.

Años después un canadiense nacido en 1863, John Charles Fields, promovió la creación de un premio de Matemáticas que pudiera competir en celebridad con el premio Nobel. Este premio se fundó en el Congreso Internacional de Zurich en 1932 con el nombre de “Medalla Fields” y fue otorgado, por primera vez, en el siguiente Congreso Internacional que se celebró en Oslo cuatro años después.

Desde entonces, cada cuatro años, se conceden las “Medallas Fields” a los más prestigiosos matemáticos del mundo cuya edad no supere los 40 años. De las 42 medallas concedidas hasta la fecha, 22 han sido ganadas por universidades o instituciones americanas, ocho francesas, seis británicas, tres rusas, y, de las tres restantes, una medalla se fue a Japón, otra a Italia y la tercera a Suecia.

El matemático Andrew John Wiles que ocupó las primeras páginas de los periódicos, en ciertos días del año 95, por haber logrado la demostración del teorema de Fermat, no pudo ser galardonado con este codiciado premio porque sus 45 años sobrepasaban la máxima edad permitida. En el último Congreso Internacional de Matemáticas que se celebró en Berlín, en 1998, la Unión Matemática Internacional quiso, sin embargo, concederle un premio especial, la “IMU silver plaque” .
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