EXPOSICIONES
Alberto en el CARS
Por Pablo Jimenez
El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía acaba de presentar la primera gran exposición que se realiza en España de Alberto (Toledo, 1895 - Moscú, 1962), uno de los grandes escultores españoles de este siglo y uno de los nombres importantes y emblemáticos de la vanguardia española de los años 20 y 30. Alberto no es sólo uno de los grandes renovadores del panorama español, ni uno de los mayores animadores de un mundo cultural que, la mayoría de las veces se acercaba a lo heroico, sin o que, además encarnaba la leyenda de “hijo del pueblo” convertido en gran artista, tal y como ocurría, también, con su amigo Miguel Hernández.
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Uno de los aspectos que hace de ésta una de las exposiciones más atractivas de una temporada que parece no resignarse a terminar es el hecho de la reconstrucción de una de las obras más emblemáticas del artista: un gigantesco monolito que lleva como título “El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella”. La obra, cuya maqueta se conserva en el propio MNCARS, se expuso en la no menos mítica exposición del Pabellón Español de París de 1937 junto con el “Guernica” de Picasso.
La exposición presenta un conjunto de más de 200 obras que proponen un recorrido por toda la trayectoria del artista, incluyendo obras hasta ahora totalmente desconocidas como los telones para “La romería de los cornudos” (1933). Y tal vez este afán de presentar una visión lo más completa posible de un artista, como la gran mayoría, en ciertos momentos, desigual —y ello a pesar de la gran intensidad de la mayoría de sus obras— lo que desluce en ciertos momentos la obra de un artista que habría ganado, notablemente, si se hubiera hecho una selección más ajustada y con un criterio más estricto de calidad.
Con todo, la exposición puede considerarse como histórica, ya que, entre otras cosas, el estudio madrileño del artista fue bombardeado durante la guerra civil perdiéndose muchas de sus obras de la que, sin duda, es su etapa más interesante y renovadora.
Alberto había nacido en el seno de una familia de muy humilde extracción. Así, tuvo que trabajar en las más variadas ocupaciones, siendo porquero, carretero, herrero y panadero. En los primeros años 20 conoce a uno de los más peculiares y entusiastas renovadores del panorama artístico español, al uruguayo Rafael Barradas. Gracias a él se interesa por los nuevos lenguajes de la modernidad, sin olvidar por ello nunca el alto valor moral que siempre concede a su trabajo.
En esta primera etapa de su producción que llega hasta el año 30, Alberto participa en algunas de las grandes exposiciones que marcan el devenir y las señas de identidad de lo que entendemos como vanguardia autóctona española como fue la famosísima Exposición de la Sociedad de Artistas Ibéricos de 1925. Su obra, entonces, está marcada por innumerables influencias y exigencias internas. Así, si por un lado se interesa por algunas de las propuestas de los futuristas italianos, tampoco es ajeno a las corrientes de vuelta al orden que vienen de París, y supo valorar aspectos más puramente formales de masa y vacío que tal vez, junto con las formas casi simbólicas y redondeadas sea lo más característico de su producción.
De esta manera, su sentimiento de compromiso moral y humano con los caminos de una transformación social y su especial sensibilidad para acoger todo aquello que supusiera novedad y transformación de los lenguajes de la escultura conforman un estilo que encuentra muchas veces su máxima fuerza fuera del campo de lo estrictamente artístico.
En esto, como en la similitud de sus orígenes humildes y campesinos, es donde encuentra un gran paralelismo con la trayectoria de su amigo Miguel Hernández que también supo renovar la poesía y llevarla a una de sus más altas cimas de calidad, concediéndole, además, una trascendencia social y humanística que es donde encuentra su mayor intensidad.
A principios de los años 30 y como fruto de su relación con el escultor Pancho Lasso y el pintor Benjamín Palencia, Alberto crea lo que se llamó “Escuela de Vallecas”. Se trataba de una especie de “caminatas iniciático-poéticas” a las que se incorporaron un importante grupo de artistas, escritores y arquitectos. Solían empezar en las propias puertas del Café de Oriente Puerta de Atocha y avanzar por la aridez de los campos de Vallecas, Valdemoro, Guadalajara o Toledo.
Aquí es donde el ideal de Alberto de fusión entre arte y trayectoria vital, mundo urbano y mundo rural, con su fondo de transformación social revolucionaria encuentra su mejor momento, marcando realmente un episodio que será fundamental para la historia del arte español de este siglo, y, por ejemplo, conocerá tras la guerra civil y Alberto ya en el exilio una segunda Escuela de Vallecas que también sería determinante para la recuperación de ciertos lenguajes de la vanguardia.
En 1938 Alberto se exilia a la Unión Soviética, donde morirá, en 1962, sin haber regreso nunca a España. Allí se acentúa su interés por el mundo del teatro y trabaja mucho como escenógrafo interesándose, incluso, por la pintura, aunque volverá al final de su vida a la escultura. Aunque se trata de obras menos interesantes, Alberto sabe mantener hasta el final la especial intensidad que caracteriza su trabajo.