Es, sin embargo, el apartado orquestal el más brillante de esta quincuagésima edición del festival santanderino. Baste decir que han conseguido convocar al huidizo y genial director Carlos Kleiber, uniéndolo a la Sinfónica de la Radio de Baviera: un omento para recordar durante mucho tiempo. Además, no hay que olvidar la visita de la Real Orquesta del Concertgebow de Ámsterdam, una de las cuatro o cinco más grandes del mundo, que interpreta bajo la dirección de su titular —el siempre interesante Riccardo Chailly— música francesa. Por otro lado, y entrando en lo sinfónico coral, no hay que olvidar los conciertos de la Orquesta y Coro de la Academia Nacional de Santa Cecilia de Roma que, bajo la batuta de Myung-Whung Chung, interpreta una partitura que es especialidad de la casa: el Stabat Mater de Rossini, con Mariella Devia, Juan Diego Flórez, Sonia Ganassi y Roberto Scandiuzzi: es decir, un reparto vocal de ensueño. Menos ensoñador, pero también interesante, es el Réquiem de Verdi interpretado por el Coro y la Orquesta Nacional de España que dirige “su emérito” Frühbeck de Burgos.
Sin embargo, no hay que olvidarse de otros campos, como la música antigua, servida por las actuaciones de Jordi Savall, los Madrigalistas de Praga, la Orquesta Barroca de la Unión Europea, el conjunto medieval La Reverdie y otros intérpretes especializados.
Otro momento divino —por lo del divo— es el del recital pianístico de Daniel Barenboim, nada menos, que supone un suntuoso ecuador del festival santanderino de este año. Un evento que puede eclipsar los modestitos conciertos que se han previsto para celebrar el centenario del nacimiento de uno de los pocos compositores cántabros: el maestro Arturo Dúo Vital. Pero, para que se vea que no todo es rememoración del pasado, también hay estrenos de Antón García Abril, Carlos Cruz de Castro, Ángel Oliver y Aureliano Cattaneo.
Para concluir este repaso, comentar que el ballet y el teatro también tienen su hueco en el festival; éste último, nada menos que con la “Medea” de Eurípides que protagonizará Nuria Espert. La danza comparece con el Ballet de San Francisco y con la compañía de Antonio Márquez.
Pero, en caso de no poder acercarse a estos eventos, siempre puede uno pasearse por la web del festival, que tiene una dirección bastante larga:
Festival-int-santander.org.
Recomendaciones DiscográficasAquí les dejamos preparada una hermosa selección musical que les acompañe a lo largo de todo el mes veraniego por antonomasia: agosto. Una selección que, precisamente, tiene como protagonista al verano: una estación que ha inspirado a numerosos compositores a lo largo de la historia de la música.
MENDELSSOHN: “El sueño de una noche de verano”, Op. 61. Harper, Baker. Coro y Orquesta Philharmonia / Otto Klemperer. EMI 7 64144 2 (75’58”).
La más famosa de las obras “veraniegas”, la música incidental compuesta por el radiante Mendelssohn para “El sueño de una noche de verano” de Shakespeare, tiene en esta traducción del gran Otto Klemperer su mejor plasmación discográfica. No sólo por los magníficos elementos convocados —coro y orquesta de primera y dos solistas gloriosas: la soprano Heather Harper y la siempre divina mezzo Janet Baker—, sino por la idoneidad de Klemperer para la música de Mendelssohn (lástima que no grabar las sinfonías 2 y 5, que hubieran sonado portentosas bajo su batuta). Klemperer posee el concepto de claridad típicamente mozartiana que tanto conviene a este autor, sin, en ningún caso —sería algo totalmente contrario a su carácter—, caer en la dulzonería a la que la delicadeza mendelssohniana puede ser proclive y en la que no han dejado de caer reputados directores. Desde la brillantez de la celebérrima Marcha Nupcial hasta el inefable encanto del Nocturno, el mejor Mendelssohn se halla concentrado en esta obra y sublimado en esta interpretación.
SUK: “Cuento de verano” Op. 29. Orquesta Filarmónica Checa / sir Charles Mackerras. DECCA 466 443-2 (65’35”).
El yerno de Dvorák, Josef Suk (1874-1935), concibió la composición de una gran tetralogía de poemas sinfónicos que compendiaran su peculiar filosofía humana: su manera de comprender al hombre y la vida. El segundo de esos cuatro poemas sinfónicos es este “Cuento de verano” Op. 29, que debía ir precedido de “Asraël” y seguido de “En maduración” y “Epílogo”. La verdad es que no hay quien se trague las cuatro obras seguidas, merced a su considerable espesor sinfónico y una cierta hinchazón típicamente postromántica. Pero la audición sola del “Cuento de verano” es realmente deliciosa: una obra nada frívola, pero muy sugerente, llena de encanto y muy bien orquestada; en exceso discursiva —más de cincuenta minutos de duración— pero no pesada. Mucho menos si se escucha en la fantástica nueva grabación de sir Charles Mackerras y la Filarmónica Checa, idónea por todos los motivos para este repertorio. El disco, aunque es de serie cara, va bien aprovechado, pues se complementa con el Scherzo Fantástico Op. 29 del mismo autor, que es también refrescante y veraniego.
GADE: “Un día de verano en el campo”, Op. 55. Staatsphilharmonie Rheinland-Pfalz / Ole Schmidt. CPO 999 362-2 (69’12”).
Este disco reúne cuatro piezas orquestales del danés Niels Wilhelm Gade (1817-1890), romántico avanzado y poco conocido autor de magnífica música en varios géneros. Como muestra, estas cuatro obras: “Ecos de Ossian” Op. 1, “Hamlet” Op. 31, “Holbergiana” Op. 61 y la que nos ocupa: “Un día de verano en el campo” Op. 55, que fue compuesta para la Orquesta de Hamburgo. Una suite orquestal tan deliciosa en sus cinco partes (Pronto, Tormentosos, Soledad de los bosques, Humoresca y Mañana: feliz vida campesina) que, según consta, los músicos hamburgueses disfrutaron preparándola y tocándola bajo la dirección del autor como si realmente estuvieran pasando un día de expansión estival. De ese mismo modo interpreta esta suite —en grabación de octubre de 1995— la Orquesta Filarmónica Estatal de Renania-Palatinado, que hace una versión modesta pero ideal merced a la magnífica batuta de Ole Schmidt, que sabe perfectamente por dónde se las anda y que tiene tanta y tan delicada gracia en muchos puntos de la obra que, más que Ole, debería llamarse Olé.