Texto grandeTexto normal
Ideas Ir al contenido
25 de Mayo de 2001

En portada

Un bozal para King ÁfricaPor Rafael Escalada
Una sociedad reumáticaPor Enrique Coperías
Los InhumanosPor David Jiménez Torres
Los nuevos flagelantesPor José Ignacio del Castillo
El continente dormidoPor Agustín Jiménez
Adolfo, el buen vasalloPor José Apezarena
Alivio para padresPor Jorge Alcalde
Llega el MiniPor Enrique González
Julio siempre imparablePor Carlos Pérez Gimeno
Realidad transmutadaPor Julia Escobar
Un robo políticoPor Paul Craig Roberts
Medicina y salud en InternetPor Carmen Fernández Ruiz
Adolph GottliebPor Pablo Jimenez
Una energía "boyante"Por Antonio López Campillo
Schumacher renueva con FerrariPor Enrique González
Ganadores y perdedoresPor Ricardo Medina Macías
Las barricadas misteriosasPor Carlos Semprún Maura
Recuerdos de James JoycePor Rubén Loza Aguerrebere
Todo un MahlerPor Carlos de Matesanz
Premios Ibest EspañaPor Libertad Digital
Vuelve la comedia facilonaPor Andrés Arconada
El grupo BourbakiPor Alicia Delibes
El enigma de la propiedadPor Porfirio Cristaldo Ayala
Las ventajas del biodiseñoPor Henry I. Miller
Semana del 19 al 25 de mayoPor I. González y Rosana Laviada

Suplementos

Compartir

Buscador

Google
Palabra (s)

EXPOSICIONES

Adolph Gottlieb

Por Pablo Jimenez

La Fundación Juan March acaba de presentar una importante exposición dedicada a grandes cuadros del artista norteamericano Adolph Gottlieb (Nueva York, 1903-1974), uno de los más destacados representantes de lo que conocemos como Expresionismo Abstracto. La exposición que ya ha podido verse en el IVAM de Valencia reúne una larga treintena de obras selecciona entre la producción del artista, entre 1929 y 1971.
No es la primera vez que en Madrid se pueden contemplar obras de este artista que también desempeñó un papel de primerísima importancia como teórico y animador cultural y uno de los pilares de ese movimiento fundamental para la historia del arte de la se-gunda mitad del siglo XX que es el ya mencionado Expresionismo Abstracto.

Un movimiento que por un lado marca un nuevo faro para el arte contemporáneo: Nueva York. Y es que, debido a la segunda guerra mundial, la gran mayoría de los artistas de vanguardia había emigrado a los Estados Unidos. Además, la legislación norteameri-cana no sólo favorecía la creación de grandes y modernos museos abiertos incluso a las últimas tendencias sino que llegó a apoyar muy directamente a los propios artistas.

De este modo, Gottlieb pertenece a una generación que marca algo así como la mayoría de edad de la pintura norteamericana y que encuentra uno de sus principales apoyos en el Federal Art Proyects, una organización gubernamental que, entre 1933 y 1943, ofrece a los jóvenes artistas un empleo regular al encargarles la pintura de grandes murales en los edificios públicos. La iniciativa marcó una auténtica revolución y consiguió que incluso muchos estudiantes se decantaran por las bellas artes.

Este grupo de artistas norteamericanos que marca el Expresionismo Abstracto beben de dos fuentes perfectamente diversas, a las que saben encontrar acomodo en la creación de un lenguaje tan personal como transformador del arte. Así, por un lado reciben la herencia de los surrealistas, refugiados principalmente en Centroamérica desde donde ejercieron una influencia realmente fundamental.

De los surrealistas aprendieron, no sólo a perder sus últimos prejuicios de respetabilidad, sino, fundamentalmente, que el arte no podía ser un mero juego formal. Que el hombre y el hombre moderno tenía pocos caminos para reencontrarse con su necesidad y su afán de espiritualidad. Un arte más espiritual, un arte que buscara la manera de conectar a los modernos individuos de las grandes ciudades con los sustratos primitivos de las antiguas religiones, las que no han sido corrompidas por la razón y la civilización.

Pero frente a esta herencia simbolista que les llegaba con ese aura perversa del surrealismo, se unía un planteamiento muy formal. Profesores y discípulos de la Bauhaus, defendiendo las estructuras narrativas de la pintura como meros signos sobre un plano, marcan una nueva forma de pintar y de entender el lienzo. Para empezar se introducen Las composiciones abiertas, es decir cuadros en los que no hay un lugar privilegiado con respecto a otros, sino que parecen, más bien, fragmentos de una realidad mayor que los trasciende fuera de los límites del lienzo.
Esta doble lección, formal y espiritual, marcará un giro complejo y de grandes consecuencias en la historia del arte del siglo XX y en el que Gottlieb tiene un protagonismo de primera importancia.

Gottlieb, era de sus compañeros el que más había viajado por la vieja Europa y el que mejor conocía lo que entonces se entendía como Escuela de París. No en vano su primer viaje al viejo continente como jovencísimo pintor lo realiza con menos de 18 años.

A su regreso, durante tres o cuatros años trabaja pintando grandes murales para la Federal Art Proyects y, al abandonar esta actividad y tras unos años de descanso, realiza, en el desierto de Arizona las obras por las que será luego más conocido: sus famosas “pic-tografías”.

Se trata de una especie de escritura jeroglífica en las que se presentan una serie de casillas que encierran de manera simbólica diferentes formas tomadas de la naturaleza y de aspectos humanos. Para él se trataba de retomar una serie de tópicos surrealistas entorno al inconsciente colectivo, los mitos eternos y la afición por lo primitivo y lo sagrado.

Pero además, gracias a este sistema de compartimentos yuxtapuestos, Gottlieb termina por romper el espacio del cuadro como algo privilegiado. Lo casual de los símbolos yuxtapuestos y el que no haya un centro privilegiado dentro del lienzo rompe la sintaxis tradicional y europea de la pintura objetualizando el cuadro, es decir, convirtiéndolo más en un objeto que en un lugar de representación.

Más tarde Gottlieb abandonará las criptografías en un intento de acercarse a contenidos más esenciales, lo que hará con sus famosos “Contrapesos” de finales de los 50 y primeros 60, así como los por él mismo llamados “paisajes estratificados”, amplias composiciones muy rítmicas en las que el lienzo está dividido por una línea horizontal que delimita dos zonas antinómicas: una que simboliza la paz universal del cielo y la otra el caos de las fuerzas terrestres.

Adolph Gottlieb en la Fundación Juan March de Madrid: Castelló, 77 - tel. 914 354 240
RSS © Copyright Libertad Digital SA. Juan Esplandiu 13, 28007 Madrid.
    Tel: 91 409 4766 - Fax: 91 409 4899