AUTORES Y GéNEROS
A la búsqueda del fantasma perdido
Por Agustín Jiménez
Hasta el padre menos dotado para la vida familiar se ve obligado, en noches de penuria, a inventar un cuento para sus hijos. (Resulta tentador deducir alguna idea solemne del hecho ritual de que, en la liturgia infantil, el cuento preceda naturalmente al sueño). Antes que a otra cosa, el cuento apela a la fantasía. Siempre ha sido arriesgado, en la historia de la literatura, definir lo que era la fantasía. ¿No es la propia literatura, por definición, un acto de fe en la imaginación? ¿No han creído algunos que la fuerza de la literatura es que ese acto de generosidad imaginativa, de salto en el vacío del Gran Relato, tenía una capacidad de redención de lo cotidiano? Y, si no de redención, ¿no han elogiado tantos psicólogos conductivos sus pasarelas hacia la evasión?
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Paradójicamente, lo que tradicionalmente hemos llamado cuentos son las obras literarias menos innovadoras. No hace falta remontarse al ruso Propp, que se ocupó en los años veinte de la estructura del cuento y fue glosado luego por un sinfín de estructuralistas —encontraban en esa estructura simple la confirmación de dos o tres esquemas reiterantes—, para entender que el cuento se conforma a un molde con pocas variaciones y que lo que llamamos relatos fantásticos son relatos tejidos por dos o tres arquetipos inmutables. Los cuentos tradicionales, los de Esopo, Grimm, Perrault, Andersen, los que publicaba Calleja en una edad perdida, han narrado durante siglos las mismas crueldades del universo y los mismos elementales sueños de amor y triunfo que albergan los terrícolas. Sueños de amor y triunfo que algunos llaman cielo.
Desde hace unos años, las editoriales cortejan a los escritores consagrados para que añadan sus variaciones al río archisabido de la fantasía infantil. Calvino, Tournier han escrito para niños. Cuando fue padre, Umberto Eco narraba cada noche a sus hijos las andanzas de unos osos ecologistas. Cada Navidad, en los años de su primera vida, literaria y matrimonial, Paul Theroux componía un cuento para sus hijos. Y escritores como Dickens —o cineastas como Frank Capra— hicieron un carrerón tratando a todos los adultos como niños y vendiéndoles folletones que les hacían llorar. En España hay una pléyade de escritores con nombre que han trabajado para el público infantil: Bernardo Atxaga, Enriqueta Antolín, Ángeles Caso. Sin olvidar a Gloria Fuertes, la llorada especialista del corazón de los enanos. Y Javier Marías, nuestro novelista sesudo, azuzado por Fernando Savater, nuestro filósofo más "engagé", acaban de relanzar las festejadas gestas de Guillermo el Travieso, que ideó una discreta poliomielítica escondida tras el nombre de Richmal Crompton. Si alguien no las ha leído aún, ahí tiene una manera buena de pasar el tiempo.
Pero no nos esperábamos a Harry Potter. No sabíamos, niños y adultos mezclados, que necesitábamos tanto un cuento. Harry es inglés. Sólo a un inglés embriagado de fútbol y acosado de hooligans se le ocurriría centrar su vida en un juego de pelota. El "quidditch" permite combinar dos aficiones básicas: la de volar y la de jugar al fútbol de competición. La semana pasada, Joanne K. Rowling publicó un libro esencial: "Quidditch Through Ages" (El quidditch a través de los siglos). La pesadilla en que se ha convertido hoy Inglaterra no debe hacernos olvidar que, en el mundo de la fantasía, todos somos un poco ingleses. ¿No hemos crecido con Peter Pan y Mary Poppins? La otra gran región de la fantasía es la germánica. ¿Por qué España no ha dado cuentos universales? Puede que Don Quijote lo sea. Puede que seamos demasiado serios. Puede que, careciendo en general de bosques tupidos donde esconderse los lobos, se le quiten las ganas de aventurarse a nada a nuestra potencial Caperucita Roja. Da igual. Harry es inglés pero es tan nuestro como de Carlos de Inglaterra o de los chinos, que, acostumbrados a cultivar magos, se lo quitan uno a otro de las manos.
Magos. ¡Qué más nos gustaría que alterar las cosas con un toque de varita! ¡Qué más nos gustaría que atravesar paredes y espiar resquicios debajo de una capa que nos hiciera invisibles! La capa de Harry es mejor que el webcam de Internet. El webcam es un deporte de voyeur solitario. Harry se enfunda en la capa para escapar de sus enemigos y para ayudar a sus amigos.
Harry tiene enemigos poderosos, varios enemigos tediosos (su familia). Aprende también el beneficio que le traen aparentes enemigos y la desgracia que le acarrean falsos amigos. Las apariencias engañan. Un mundo esconde otro mundo. Detrás de una pared hay un universo. En la última entrega, sus enemigos son realmente poderosos. Un niño muere en un laberinto. ¿Será que los tiempos son cada vez más negros? Es raro que en un cuento para niños se produzca una muerte inocente. Aquí la Rowling es de un realismo novedosamente atroz.
Laberinto. Constantemente, Harry debe aprender a orientarse. ¿No es ese el objetivo de la pedagogía? (Aquella escena de "Grand Canyon" de Larry Kazdan en que el padre enseña a conducir a su hijo). Harry tiene buenos profesores. Sus amigos también. Recorre con éstos un camino común, a veces por delante, a veces por detrás. Sus padres han muerto porque los niños nunca tienen padres. Están profundamente solos.
Amigos. Algunos de sus amigos son animales. Los animales tienen alma. Los magos pueden convertirse en animales.
Convertirse. Harry es un niño que no teme cambiar. Vivir es cambiar. Leer es querer cambiar y retener a la vez lo que no queremos que cambie. Harry va a seguir cambiando pero lo volveremos a encontrar. En 2002 aparecerá "Harry Potter y la Orden del Fénix". Mientras, releamos.

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